Un olvido profundo…
Misa de domingo. En México se celebraba el Día del Padre y coincidía que era la solemnidad de la Santísima Trinidad. Al final el celebrante realizó una oración por los papás y luego invitó, en plan festivo, a un aplauso por todos los padres presentes. Y ahí, mientras escuchaba el atronador aplauso y miraba los rostros de los padres sentados con sus familias, algo se encendió en mí: nos hace falta una fiesta, una memoria litúrgica, un día especial no para hablar del “Dios Padre” dogmático, inquisidor y lejano, sino para celebrar vivencialmente a “nuestro Padre Dios”. No un Dios abstracto, sino un Padre real, amoroso, cercano… como lo descubrió Jesús.
Durante siglos, la Iglesia ha construido templos, elaborado definiciones, celebrado fiestas, componiendo imágenes, concebir teologías… pero algo esencial se ha ido diluyendo: la experiencia viva de ser hijos, de tener un Padre, vivir una filiación real. Hijos de un Padre que cuida, que sostiene, que comprende, que acompaña. Un Padre que se alegra cuando avanzamos y que nos abraza cuando caemos.
Y no me refiero a la solemnidad de la Trinidad, donde el concepto de “Padre” queda envuelto en una formulación teológica compleja. Hablo de una fiesta humana y espiritual, que reconozca y celebre al Dios que Jesús nos reveló: un Dios que es Padre, que se alegra, que espera, que nos mira con ternura, que nos acoge como hijos.
Volver el rostro al Padre
Jesús no vino a fundar una religión. Vino a mostrarnos un rostro: el del Padre. Esa fue su experiencia más íntima, su certeza más honda. Él no solo enseñó parábolas o hizo milagros; Jesús vivía en comunión constante con Dios, a quien llamaba Abbá, como un niño que dice “papá”.
Y nos enseñó que también nosotros podíamos acercarnos así. Que podíamos vivir como hijos amados.
La vivencia de Jesús fue la de un hombre que, en su historia concreta, descubrió que Dios no es una idea, sino una presencia amorosa que lo habitaba, que lo sostenía, que le daba identidad.
Jesús no fue como fue por ser Dios -que lo era- sino por ser un hombre que encontró a su Padre y vivió desde esa certeza. Su divinidad fue revelándose progresivamente, pero su humanidad fue el camino. Por eso podemos imitarlo, porque fue uno de nosotros.
La experiencia de Jesús como hijo
¿Qué vio Jesús en su niñez? ¿Qué escuchó en las conversaciones de sus padres? ¿Qué sintió cuando salía al campo o cuando veía sufrir a otros? ¿Cómo procesó el amor y la dureza de su entorno? Esas preguntas no tienen respuesta cerrada, pero sí intuición profunda: Jesús vivió una vida como la nuestra, y en esa vivencia concreta descubrió al Padre.
Y esa fue su gran certeza: «Debo ocuparme de las cosas de mi Padre«, dijo con solo doce años. Y creció, maduró, vivió en silencio durante años. Hasta que un día, en el Jordán, al salir del agua, escuchó la voz: “Tú eres mi Hijo amado”.
Esa voz no era solo para él. Era una proclamación universal: todo ser humano es hijo amado. Pero Jesús fue el primero en vivirlo con total fidelidad. Su libertad, su audacia, su ternura, su paz… todo brotaba de saberse Hijo.
El escándalo del amor paternal
Nos cuesta creer que somos hijos amados. Nos hemos acostumbrado a vivir el cristianismo como doctrina, como esfuerzo, como culpa, como exigencia. Y en medio de tanto rigor, hemos olvidado lo esencial: somos hijos.
Jesús nunca dijo “mírense en mí y adórenme”. Dijo: “Síganme”, “Vivan como hijos”, “Como yo vivo”. Porque lo central no era él como figura, sino el camino que él vivió: el camino hacia el Padre.
Volver al Padre no es un tema de catecismo. Es una conversión del corazón, una forma nueva de estar en el mundo. Es confiar, como un hijo confía. Es orar, no para convencer a Dios, sino para estar con Él. Es vivir sabiendo que nuestra vida, tal como es, ha sido preparada por un Dios que desea acompañarnos, no controlarnos.
Una historia que revela a Dios
Jesús no nació sabiendo todo. Como dice el evangelio: “Crecía en edad, sabiduría y gracia”. Su conciencia de hijo fue madurando con la vida. Con cada gesto de amor, con cada injusticia que enfrentó, con cada noche de silencio, fue comprendiendo más profundamente que su vida era una misión de amor filial.
Así también nuestra historia… no hay vida que no pueda ser camino hacia el Padre, no hay herida que no pueda sanar en sus brazos, no hay pecado que Él no quiera abrazar para transformarlo. Nuestro contexto, nuestras heridas, nuestras preguntas son precisamente el terreno preparado para encontrarnos con Él.
La gran consecuencia: somos hermanos
La consecuencia directa del descubrimiento de Dios como Padre es la fraternidad universal. Si Dios es nuestro Padre, todos somos hermanos.
Jesús no vino solo a reconciliar al hombre con Dios, sino también al hombre con el hombre. Por eso sus parábolas están llenas de gestos de compasión, de inclusión, de ternura hacia los pequeños, los olvidados, los lejanos.
El Padre no tiene hijos preferidos. A todos ama con entrañas de misericordia. Y nos llama a vivir como familia. No una familia perfecta, sino real, que se perdona, que se acompaña, que se sostiene.
¿Una fiesta para el Padre?
Vuelvo al inicio: ¿Y si hiciéramos una fiesta litúrgica para celebrar vivencialmente al Padre? No solo como dogma, sino como experiencia cercana. No como una solemnidad fría, sino como una memoria alegre de nuestra condición de hijos.
Una fiesta donde se invite a orar con confianza, donde se predique la ternura del Padre, donde se recuerde que la paternidad divina es el corazón del cristianismo.
No sería quitar a Jesús del centro. Sería seguirlo hasta donde él nos quiso llevar: a los brazos del Padre.
Jesús fue un hijo que encontró al Padre; nosotros somos los hijos que aún lo estamos buscando y en esa búsqueda lo encontramos… La búsqueda no es lejana. El Padre está aquí, en lo cotidiano, en nuestra historia, en la carne y las lágrimas, en los abrazos y los silencios.
Volver al Padre no es una doctrina: es una experiencia. Y esa experiencia está al alcance de todo el que se atreva a abrir los ojos del corazón y decir, como Jesús: “Padre nuestro…”
Ser místicos —como intuía Karl Rahner— tal vez no sea algo extraordinario, sino algo tan sencillo y hondo como saberse hijos.
Alfonso Núñez Chávez
Septiembre 2025
