Domingo XXIX del TO
19 de octubre
Lc 18, 1-8
La insistencia tiene mala fama, seguramente merecida. Por dos motivos. Por un lado, se ha vinculado al “debería” y al voluntarismo, hasta convertirse en una carga de sobreexigencia desmedida e insana. Por otro, con frecuencia, en la práctica, se ha utilizado como medio de sostener, afianzar y fortalecer el ego, basándose en la creencia no dicha de que, si era insistente, podría obtener lo que se propusiera. Por ambos motivos -ninguno ajustado a nuestra verdad-, antes o después, habría de verse cuestionada.
En mi experiencia, la insistencia ocupa el lugar adecuado cuando se entiende y se vive como determinación perseverante en la docilidad a lo que somos. Cuando es así, no nace del voluntarismo ni conlleva una sobreexigencia desgastante. Tampoco alimenta al ego en su afán de controlar o de alcanzar sus expectativas. Nace del Anhelo profundo, que nos moviliza de manera perseverante en fidelidad a la verdad.
Por eso, con ella no se busca conseguir ni alcanzar nada, mucho menos controlar o crear un “yo ideal”. Más que buscar, uno se deja vivir, respondiendo a la vida que en él se expresa. La insistencia no es otra cosa que esa misma actitud “obediente” a la vida que somos.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
