Fe Adulta

Todos santos

Felices los que descubren, aprenden y lo ponen en práctica (Mt 5,1-12a)

Hoy conmemoramos la fiesta de Todos los/as Santos/as, que aparece unida a la de los fieles difuntos. En el imaginario colectivo ambas están unidas en algo más que unas fechas. Se trata de recordar la vida de personas importantes o anónimas pero muy cercanas a nosotros/as, que nos revelan una intuición nueva de comprensión para releer en profundidad y desde otras claves la vida y la muerte a la luz del Crucificado- Resucitado. Tanto el recuerdo como el lamento son elementos que articulan la experiencia de la vida y de la muerte de forma culturalmente significativa y aceptada socialmente, en el grupo. De ahí la importancia que todas las culturas han dado a ambos hechos.

No obstante, la teología y la predicación que hemos padecido durante años, por no decir, siglos, centrada en el pecado, en el dolor, en la búsqueda de la perfección para alcanzar méritos o aplacar la ira divina… enmascaró la llamada a la santidad que a todos nos pertenece por ser hijos e hijas amadas, como nos recuerda la preciosa carta de Juan (1Jn 3,1-3) “Mirad qué amor tan inmenso el del Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos”. Esa concepción ‘dolorista’ y penosa del mundo nos ha marcado y mucho. De eso, hemos pasado al polo opuesto, no dar cuentas a nadie de nuestros actos, un ‘carpe diem’ de la superficialidad e inmediatez, donde ¡todo vale!

El concepto de santidad también ha sido manipulado separándolo de la esencia misma de toda criatura. Se ponía el listón tan alto, que muy pocos podían acceder a ese estado cuasi heroico; pensemos en los mártires, personas viviendo aisladas una vida ascética rigurosa o privilegiados/as que entraban en éxtasis… ¿Dónde quedamos los seres humanos ‘normales’? Algo parecido ocurrió con el término ‘perfección’ referido a Dios. El famoso “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto” no dejaba de rechinarnos pues nunca seremos perfectos en el sentido de estar ‘libres de pecado’ en esta vida. Entonces, ¿cómo conciliar el mandato de ser perfectos como Dios con la verdad de que no lo somos?

Consideremos primero el contexto general del evangelio en el que Jesús comienza su sermón pronunciando bendiciones sobre personas en desventaja: pobres, tristes, hambrientos, sedientos, perseguidos, calumniados. Más adelante, declara que sus seguidores son la ‘sal de la tierra y la luz del mundo’ insistiendo en la importancia de las buenas obras; después dirige su atención a la ley dejando claro que ‘Su’ norma sobrepasa la observancia de la letra de la ley. Nuestras actitudes y pensamientos también importan, así como las relaciones fraternas y hasta el amor ¡a los enemigos! Un programa de vida, ciertamente exigente. Jesús supo descifrarlo a lo largo de su vida hasta sus últimas consecuencias.

La perfección de Dios no se refiere, pues, a sus cualidades. Dios, ante todo, Es. Es esencia. La ‘perfección’ en nosotros viene de nuestro ser “imago Dei”, un fondo original que nada ni nadie puede mancillar, ni manipular, ni dañar. Somos ‘perfectos’ en nuestro verdadero ser, en lo que hay de Dios en nosotros/as. Cada aspecto de mi/nuestro Ser debe alinearse/acompasarse al ser de Dios en mí, en cada uno/a, incluidos nuestros pensamientos más profundos, en el sentido de una madurez plena, vital. En ese contexto el objetivo es caminar con esa misma actitud de Dios, no conformarse con la moral humana, eso de: ¡yo ya soy bueno/a! Aspiramos a algo más auténtico, más hondo con la ayuda del Espírtu-Ruah, Aliento de Dios en nosotros/as.

Hace unos domingos, el evangelista Lucas ponía en boca de Jesús: “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Porque se trata de eso, de descubrir cuál es el rol, cuál es la función que me corresponde hacer y ser como hijo/a de Dios; nuestra condición humana es puro aprendizaje, somos limitados, metepatas e imperfectos ‘en todo tiempo y lugar’. Los prepotentes, los que tienen un ‘ego’ subido, no dejan de ser fariseos y los perfectos tendrán dificultades en abajarse, en hacerse pobre, en ponerse en el lugar del otro, en com-padecerse, lo cual viene a ser lo mismo.

Sin embargo, si descubro con un corazón sencillo aquello que Dios me pone ante mí para ser como Él, estaré más cerca de parecerme a él, de gozarme en él, de agradecer la vida que se me ha regalado, incluyendo las inseguridades, los fracasos, las dudas, los infortunios. En el evangelio Dios que es Bondad, Amor, se hace presente en Jesús y en su anuncio del Reino. Nuestra tarea debe partir de esa experiencia de Dios. Saber de quién nos hemos fiado evitará la tentación del poder, de la eficacia, de la búsqueda de honores, de no alimentar mi ‘ego’.

Comunión de los santos porque somos humanidad que nos iguala, nos hermana, nos confronta con nuestros ideales, con nuestros sueños, en busca de un futuro de esperanza, de confianza en que ‘todo acabará bien’ (Juliana de Norwich). Volviendo a la primera carta de Juan: “Ahora somos ya hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Jn 3,2). “El que permanece en él, no peca” (3,6) “El que ha nacido de Dios no peca, porque la semilla divina permanece en él” (3,9). En Dios todos somos uno. Lo vivimos como hermanos y hermanas de un mismo Abbá Bondad y Misericordia.

Como proclama la lectura del Apocalipsis (7,2-4.9-14), la resurrección que esperamos no será un acto individual sino colectivo: una segunda versión de la humanidad más allá de los límites de la Historia, del tiempo y del espacio. “El Cordero será su pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos”.

Esa es nuestra fe. Esa es nuestra esperanza.

¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

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