COMENTARIO AL EVANGELIO Jn 11, 17-27
2 de noviembre de 2025
Este domingo, 2 de noviembre, celebramos la fiesta cristiana de todos los difuntos. Una fiesta muy adherida a nuestra tradición que es más cultural que religiosa, como tantas otras. Es probable que se lean diferentes textos evangélicos en distintos lugares. Uno de los recomendables es el texto que hoy nos ocupa. Es un relato del Evangelio de Juan en el que se narra la resurrección de Lázaro; por cierto, uno de los signos más importantes atribuidos a Jesús para manifestar su Divinidad.
Según la tradición bíblica, Lázaro era un gran amigo de Jesús, junto a sus hermanas Marta y María. El texto dice explícitamente que lo amaba. En versículos anteriores y posteriores [no estarían incluidos en esta cita bíblica] podemos ver a un Jesús profundamente humano derramando lágrimas ante la pérdida de su amigo.
Se trata de una narración incompleta [habría que leer todo el capítulo 11 para comprenderlo en su totalidad]; un texto tremendamente teológico cuya historicidad hay que someterla a una escrupulosa exégesis. Ahora bien, lo que está claro es que se trata de un texto que nos cuestiona sobre dos realidades profundamente humanas: la muerte y la pérdida de un ser querido que, desde el cristianismo, tiene un significado muy profundo y escatológico.
Hay varios niveles de significado en esta narración que merece la pena conocer. El primer nivel nos sitúa en el plano más humano. Jesús llora ante la pérdida de alguien muy querido. Y podemos observar cómo el enfoque del duelo parece psicológicamente muy maduro. Vive una reacción emocional porque Jesús siente mucho la muerte de su amigo, pero la acepta hasta el punto de que enfada a su hermana Marta, quien buscaba en Jesús que evitara esa muerte. Lázaro estaba muy enfermo y Jesús pone de manifiesto que es necesario que la naturaleza siga sus leyes. Se asegura de que el signo de la resurrección de su amigo Lázaro tenga un sentido muy teológico y trascendiendo las categorías humanas. De hecho, llevaba cuatro días muerto que en la cultura oriental el cuatro significa que no hay posibilidad de retorno a la vida. La clave parece estar en la aceptación de que nuestra vida biológica tiene caducidad.
El segundo nivel tiene más que ver con el judaísmo frente a la consolidación del cristianismo según el testimonio de las comunidades joánicas. Las palabras que Marta dirige a Jesús parecen tomadas de una confesión judía: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» En Marta está reflejada la fe de muchos que no terminan de aceptar la novedad mesiánica de Jesús, la revelación de un Dios que vence a la muerte porque su esencia verdadera es VIDA. Así responde Jesús a Marta, sin darle un largo discurso teológico: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?» La respuesta de Marta es de una profunda CONFIANZA. Nace una nueva Marta en la que quedan reflejados todos los que ya se han adherido al cristianismo primitivo y han superado un judaísmo que sólo pretende moralizar y ritualizar la religión. Una religión dualista que separa lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, el pecado de la gracia, lo humano de lo divino. ¡Qué tristeza pensar que todavía hay quien anda por estos caminos fariseos!
El tercer nivel es el más profundo y existencial. Nos sitúa ante el significado de la muerte para el cristianismo. Quizá es muy atrevido decir que la muerte es un sueño, un paso de una forma de vivir a una existencia eterna, a la existencia plena y verdadera. La frase central de Jesús “YO SOY LA VIDA” es toda una revelación del significado profundo de nuestra existencia. La VIDA en los escritos joánicos siempre hacen referencia a ser partícipes de lo más íntimo de Dios, convivir con su esencia divina. Y Jesús no se lo guarda para sí mismo, sino que atrae a todo el género humano a ser conscientes de que también llevamos esta vida divina en nuestro interior.
Una de las frases más hermosas, profundas y místicas de Teresa de Lisieux es expresada en una carta cuando está llegando al final de su vida, sumida en una profunda crisis existencial, sabiendo que su vida se apaga, nace a una nueva conciencia en la que percibe que la muerte no existe: “no muero, entro en la Vida”; parecen haber salido del Evangelio de Juan revelando que, efectivamente, somos atraídos a lo más íntimo de la Divinidad en una existencia eterna.
Recordemos a todos nuestros seres queridos que ya han entrado en la Vida y, desde ella, nos envuelven de luz, fortaleza y protección.
FELIZ DOMINGO
Rosario Ramos
