
La mujer anónima expresa con sencillez y espontaneidad la alegría que en ella despierta la presencia de Jesús en medio de su pueblo. Una alegría que habla de liberación y de esperanza

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».
El evangelio que este domingo nos recuerda las palabras que una mujer, entre el gentío, dirige a Jesús. Lo que ella dice, sin duda, nos invita a mirar a la madre de Jesús, pero, sobre todo de lo que se trata, es del modo en que esta mujer reconoce el valor del mensaje y la persona de Jesús y como él recibe su reacción. Su entusiasmo y acogida choca con la desconfianza de quienes interpretan el éxito de sus acciones curativas como venidas del mal (11, 15) o de quienes le piden que demuestre su autoridad con signos portentosos (11, 16).
El relato nos informa, así, de la expectación que despierta Jesús. Sus acciones y palabras cuestionan, sorprenden, pero también generan entusiasmo. La mujer anónima expresa con sencillez y espontaneidad la alegría que en ella despierta la presencia de Jesús en medio de su pueblo. Una alegría que habla de liberación y de esperanza.
El modo en que la mujer expresa su sentimiento remite a una experiencia especialmente valiosa para su condición femenina: la maternidad y la crianza. En el mundo antiguo las mujeres se vivían mayoritariamente desde el anhelo de llegar a ser madres. Esa realidad era la que les permitía tener un lugar en la familia, estima en su entorno y futuro. Reconocer el lugar valioso que la madre de Jesús en su vida pone en valor los vínculos que entre madres e hijos se daba en las familias y visibiliza la influencia que ese vínculo tuvo en el crecimiento humano de Jesús, en la persona que ha llegado a ser.
La respuesta de Jesús quizá nos sorprenda porque parece relativizar su experiencia familiar, pero, en realidad, Jesús aprovecha, lo que la mujer le dice, para invitar a sus oyentes a vincularse a él en una nueva familia: la familia del Reino de Dios. En ella los lazos no nacen de la carne y de la sangre sino de un horizonte común (que pone en marcha una experiencia de discipulado Mc 10, 28-31).
Lucas previamente nos había ido contado cuales son los pilares en los que se sustenta el modo nuevo de ser familia que Jesús propone. Para él la clave está en aprender a ser prójimos (Lc 10, 25-37) y a ser hijos/as (lc 11. 1-4). La voluntad de Dios se concreta en aprender a tejer juntos ambas experiencias (lc 37-42). La voluntad de Dios es tomar conciencia de que lo que Dios Padre/Madre desea es el bien para todo ser humano. Que ese bien sea posible nos implica y nos hace compañeros/as de camino desde la compasión y justicia (Samaritano), desde la mística y la gratuidad (Padre Nuestro).
Las palabras de la mujer les sirven a Jesús para recordarles lo fundamental: la voluntad de Dios. Una voluntad que solo es posible si nos sentimos familia humana, si nos cuidamos, ayudamos a crecer. Una voluntad que posibilita a reconfigurar pertenencias, a mirarnos en igualdad. Una voluntad que nos invita a nacer de nuevo (Jn 3).
Carme Soto Varela
