Soy un «cristiano viejo» de 72 años. Y quiero comentar un aspecto concreto de la pastoral en la Iglesia.
El avance de la humanidad en los dos últimos siglos ha sido impresionante, en todas las ramas del saber y de la técnica. Y en ese mundo ha de ser proclamada la Buena Noticia, noticia que lleva el polvo de interpretaciones hechas con mentalidad de hace siglos, con palabras y expresiones ininteligibles hoy día. En el año 2.012 no basta la teología tomista-aristotélica.
¿Qué ocurre en nuestra Iglesia, a mi modesto entender de creyente de a pie? Pues que el «Magisterio» de la Iglesia, que ciertamente ha de velar por todos sus fieles, tiene mucho miedo a lanzarse al ruedo de la búsqueda de la Verdad con palabras inteligibles al hombre de hoy. Comprende que han de buscarse nuevas formulaciones de la Verdad inmutable, sabe muy bien que el lenguaje del hombre medieval no tiene nada que ver con el de hoy, pero tiene mucho miedo a que esa búsqueda deje tirado por el camino a mucha gente que se quede sin su «verdad de toda la vida».
Ese miedo, legítimo en cuanto humano, ha llevado a la Iglesia a mantener unas posturas ininteligibles e incomprensibles para el hombre moderno, que absorto en sus problemas, se aburre y simplemente prescinde de ese dios que nada le dice.
Bien claro lo dice la nota publicada por la Comisión episcopal que «advierte» a Torres Queiruga, como bien claro lo dijo el entonces Obispo de Tarazona, respecto a Pagola: la búsqueda de un lenguaje moderno que permita transmitir la Verdad, puede «hacer mucho daño». Pero olvidan que las palabras de Jesús hicieron «mucho daño». Y olvidan que cercenar ese camino de búsqueda de la Verdad puede hacer tanto o más daño a otros muchos creyentes que nos sentimos obligados a buscar y seguir buscando, no quedándonos en la fe del carbonero. Y olvidan que es más que improbable que el cristiano a quien, por su inmadurez, pudiera hacer daño la lectura de estos autores, vaya a adquirirlos o a leerlos.
En definitiva, cualquier intento pastoral pasa por comenzar con una reflexión profunda sobre qué Buena Noticia quiero transmitir, qué fundamento tiene esa Buena Noticia y cómo la transmito fielmente, mediante un lenguaje comprensible para el hombre de hoy, aunque sin devaluar un ápice el Mensaje del Reino.
¡Y para eso necesitamos el esfuerzo de todos los teólogos, pero principalmente de aquellos que, asumiendo riesgos, buscan insistentemente ese «repensar» el Misterio, no en cuanto Misterio (que es impensable y por tanto irrepensable) sino en cuanto expresión del mismo.
Confieso con tristeza que, desde que falleció hace unos años mi mentor jesuita, la Comisión de la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal es la que más me guía en la búsqueda de autores que me puedan ayudar en mi fe: los que dicha Comisión pone en su punto de mira, Jon Sobrino, José A. Pagola y, ahora, Andrés Torres Queiruga. ¡Manda narices!
Joaquín Solá
