DOMINGO V DE CUARESMA (B)
(Jn 12,20-33)
Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo: pero si muere da mucho fruto. El que se ama a sí mismo se pierde. El que se aborrece, se guarda para la vida definitiva. Quien quiera servirme que me siga y donde esté yo, estará mi servidor. Mi alma está angustiada. ¿Y qué diré? Padre líbrame de esta hora. Pero si para eso he venido, para esta hora.
La Vida definitiva es la plenitud del hombre
Todo el evangelio de Jn está orientado a la hora. Se trata de la hora de la cruz, donde se manifiesta la gloria de Dios y del hombre Jesús. En su entrega total se refleja la gloria-amor que refleja lo que es Dios y lo que es él.
La Vida se despliega aceptando la muerte. El egoísmo es el caparazón que impide desplegar la Vida. La muerte al falso yo es la condición para que la Vida se despliegue.
Está hablando de dos realidades contrapuestas. Se trata de ganar o perder lo que crees ser, tu falso yo o de ganar o perder tu verdadero ser, la Vida trascendente.
Entregar la vida física no es desperdiciarla sino darle el sentido más elevado. No se trata de entregarla de una vez, muriendo, sino de entregarla en cada instante.
El miedo a que se termine puede alarmarnos, pero la realidad es que todos hemos venido para esa hora. Solo la seguridad de una Vida definitiva, supera el miedo.
Está en mis manos consumir inútilmente la vida biológica o consumarla dándole un sentido trascendente. No debemos renunciar a nada humano sino darle valor.
Fray Marcos
