Fe Adulta

3 abril

Miércoles de pascua (Lc 24,13-35)

Dos discípulos iban a una aldea. Jesús se puso a caminar con ellos y dijo: ¿De qué habláis? Dijeron: lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras; cómo lo entregaron para que lo crucificaran. Creíamos que liberaría Israel, pero ya hace tres días que sucedió esto. ¡Qué torpes sois para creer lo que dijeron los profetas! Y les explicó la Escritura. Llegaron a la aldea y le dijeron: Quédate con nosotros. Sentado a la mesa, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

A la desesperanza sigue la alegría del encuentro

Estamos ante el relato pascual más prosaico y a la vez más humano. Si superamos la tentación de entenderlo como crónica de sucesos en la tarde de Pascua, descubriremos inmensas y profundas riquezas.

Caminan un gran trecho con él y no le reconocen. Después de muerto, a Jesús se le tiene que encontrar: en el camino de la vida, en las Escrituras, en la fracción del pan. El relato refleja la experiencia de la comunidad.

Tomemos conciencia de que el detonante para reconocer a Jesús fue la manera de partir el pan. Solo entonces se les abrieron los ojos. Pero recuerdan que en el camino mientras les hablaba, ardía nuestro corazón.

Este relato nos muestra mejor que ningún otro las dificultades para pasar de pensar en Jesús como profeta a descubrirle como resucitado, con plenitud de vida.

Para descubrir a Jesús vivo y dándonos Vida, nosotros debemos andar con los ojos bien abiertos. Lo hemos buscado en los fenómenos extraordinarios y con los ojos del cuerpo. Por ese camino solo hallaremos frustración.

 

Fray Marcos

 

 

Comparte FeAdulta Facebook