DOMINGO III DE PASCUA (B)
(Lc 24,35-48)
Se presenta Jesús y les dice: paz a vosotros. Llenos de miedo creían ver un fantasma. Les dijo: ¿por qué os alarmáis? Mirad mis manos y mis pies, soy yo en persona. Un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo. Y como no acababan de creer, les dijo: ¿tenéis algo que comer? Le dieron un trozo de pez asado y lo comió delante de ellos. Añadió: así está escrito, el Mesías padecerá y resucitará y en su nombre se predicará la conversión a todos los pueblos.
El realismo excesivo nos obliga a sospechar del relato
Se presenta a la comunidad reunida. Esta es la clave de toda la experiencia pascual. Toda experiencia es por naturaleza personal, pero quieren hacer ver que esa vivencia no es posible fuera del ámbito del grupo.
Al insistir en la materialidad de la presencia el texto quiere hacernos ver lo difícil que fue para ellos aceptar un hecho que les desbordaba. No estaban predispuestos a una vivencia tal. Al contrario, les llena de miedo.
“Esto es lo que os decía cuando estaba con vosotros”. ¿Es que ahora no está con ellos? ¿Ves dónde hay que descubrir el secreto mensaje? Jesús está allí, pero ahora no está con ellos como lo estaba mientras vivía.
Las manos y los pies traspasados son la prueba de una muerte por amor. Eso es lo verdaderamente importante. El verdadero Jesús es el que se entregó. El que ellos creían conocer mientras vivieron con él era falso.
Quien dice que le conoce y no ama, es un mentiroso. Ver a Jesús es hacerle presente viviendo lo que él vivió y demostrarlo dándose a los demás como él se dio.
Fray Marcos
