Miércoles 5ª semana de pascua (Jn 15,1-8)
Yo soy la vid, y mi Padre es el labrador. Al sarmiento que no da fruto lo arranca, y al que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Permaneced en mí. Como el sarmiento no da fruto si no permanece en la vid, tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera y se seca. Mi Padre recibe gloria con que deis fruto abundante.
Nadie puede dar fruto si no está injertado
La metáfora de la cepa y los sarmientos es sencillamente genial. Va mucho más allá de la idea del pueblo de Israel como viña de Dios del AT. Aquí no se trata de una simple pertenencia sino de una inserción vital de cada uno.
En aquella cultura todo el mundo sabía lo que se hacía con cada cepa para que diera fruto. Los sarmientos que no llevan fruto se eliminan inmediatamente, y los que dan fruto se van librando de todo el follaje que estorba.
No basta pertenecer a la comunidad. Hay que estar injertado en Jesús y dar frutos. Esto lleva consigo el reconocer que quedan partes baldías en nosotros, que tenemos que tratar de reconocer y extirpar.
En sentido simbólico existe en cada cristiano una limpieza inicial que se lleva a cabo al optar por el seguimiento de Jesús, pero hay otra limpieza que debe de ser constante para que el fruto sea óptimo.
Si la Vida de Jesús no les atraviesa, nunca llegarán a dar frutos. Sin esa Vida, se convertirán en sarmiento seco que solo sirve para quemarlo. El afirmar lo mismo por activa y por pasiva indica la importancia de lo dicho.
Fray Marcos
