Viernes de la 7ª semana (Mc 10,2-12)
Los fariseos preguntaron: ¿Es lícito divorciarse? ¿Qué mandó Moisés? Permitió divorciarse dándole un acta de repudio. Por vuestra terquedad escribió Moisés eso. Al principio, Dios los creó hombre y mujer. Abandonará el hombre a sus padres, se unirá a su mujer y serán los dos una carne. Lo que Dios unió, no lo separe el hombre. En casa volvieron a preguntar. Les dijo: si uno se divorcia y se casa con otra comete adulterio y si ella se divorcia y se casa con otro, comete adulterio.
No hemos entendido la profundidad del mensaje
Los fariseos hacen suya la tarea de satanás, poner a prueba a Jesús. Sabían bien que era un tema escabroso sobre el que había muchas opiniones. Dijera lo que dijera, se le podía atacar. Ni los discípulos se aclaran.
Lo primero que debemos tener claro es que el adulterio, en la Biblia y para los judíos de entonces, no era pecado sexual sino de injusticia contra la propiedad privada.
Jesús rompe este prejuicio cuando añade que también la mujer comete adulterio cuando se divorcia de su marido. Este supuesto no era asumido por los escribas. En sus explicaciones solo se trataba el divorcio del hombre.
A lo que Jesús apunta es a la importancia de una relación de pareja basada en el amor. Un verdadero amor es siempre indestructible. El problema aparece cuando el matrimonio está basado en el puro egoísmo.
La Iglesia ha hilado muy fino al no admitir el divorcio. Solo hay sacramento cuando hay amor. Si hay verdadero amor es indestructible. Cuando se rompe, demuestra que no había amor auténtico, luego no hay sacramento que romper. La única salida es la declaración de nulidad.
Fray Marcos
