Fe Adulta

30 mayo

Jueves de la 8ª semana (Mc 10,46-52)

Al salir Jesús de Jericó con sus discípulos, el ciego Bartimeo estaba sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que era Jesús, empezó a gritar: Hijo de David, ten compasión de mí. Muchos le regañaban, pero él gritaba más fuerte. Jesús dijo: llamadlo. Dijeron al ciego: ánimo, levántate que te llama. Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. ¿Qué quieres que haga por ti? Señor que pueda ver. Anda, tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista y le seguía por el camino.

La fe hace milagros

Sentado, es decir, sin movilidad, incapaz de desarrollarse como persona. Hace referencia a una ceguera más letal que la física, que es la que le impide ser hombre cabal.

De entrada, el ciego confía en un Mesías davídico que le va a salvar con su poder. No se cansa el evangelista de hacer ver que era la postura de todo el pueblo. No es suficiente para comprender a Jesús pero es el primer paso.

La gente y los discípulos le piden que se aguante. Le ha tocado un papel que debe soportar. Nadie piensa en la liberación integral a la que todo ser humano tiene derecho.

Solo Jesús aprecia el verdadero valor de aquel hombre marginado y está dispuesto a demostrarle que esa plenitud a la que aspira es posible y debe alcanzarla.

El ruego del ciego demuestra que ninguno de los que iban en el grupo estaba viendo lo que tenían delante. Todos debían haber hecho esa petición: ‘que pueda ver’.

Solo el ciego da el salto. No le importa el peligro del vacío hacia donde va. Además abandona la única seguridad que le quedaba, el manto. Está preparado para el otro salto. Los demás acompañan a Jesús, él le sigue en el camino.

 

Fray Marcos

 

 

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