Fe Adulta

15 septiembre

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Martes de la 24ª semana (Lc 7,11-17)

Al llegar a la entrada de Naín, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de una viuda, a la que acompañaba una gran muchedumbre. Cuando el Señor la vio, se compadeció de ella y le dijo: no llores. Acercándose al ataúd, lo tocó y los que lo llevaban se detuvieron. Dijo Jesús: joven, yo te lo mando: levántate. Se levantó y comenzó a hablar. Jesús se lo entregó a su madre. Todos glorificaban a Dios diciendo: un gran profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo.

La gente implicada en la muerte, Jesús dador de vida

La muerte aceptada manifiesta el pasado sombrío. Se trata de un simbolismo extremo. La muchedumbre sentía lástima de la madre, pero asumía que la muerte del hijo único era un castigo de Dios y debía resignarse.

Jesús no está de acuerdo con ese esquema y, sin que nadie lo pida, interviene para deshacer el malentendido. La viuda sin el hijo era el símbolo de la marginación y de la exclusión de Dios. Eso es lo que conmueve a Jesús.

Jesús viene a recuperar la presencia del Dios-vida. El muerto es capaz de levantarse por sí mismo y comienza a manifestar esa vida. Jesús lo devuelve a su madre.

Lo importante del relato queda patente en que la multitud toma conciencia de lo que ha pasado y, al descubrir la magnitud del cambio, manifiesta su alegría porque por fin, Dios ha visitado a su pueblo.

El cambio definitivo, tanto tiempo esperado, comienza a vislumbrarse. La liberación no es ya una promesa sino una realidad que se puede constatar.

Las lágrimas derramadas durante tanto tiempo tienen que cesar porque el motivo de alegría está presente. Los tiempos mesiánicos han llegado para quedarse.

 

Fray Marcos

 

 

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