Martes de la 30ª semana (Lc 13,18-21)
En aquel tiempo, decía Jesús: ¿a qué se parece el reino de Dios? ¿A qué lo compararé? Se parece a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; crece, se hace un arbusto y los pájaros anidan en sus ramas. Y añadió: ¿a qué compararé el reino de Dios? Se parece a la levadura que una mujer toma y mete en tres medidas de harina, hasta que todo fermenta.
La obsesión de Jesús es el Reino, que es indefinible
Aunque los primeros seguidores de Jesús fueron judíos, la experiencia pascual convenció a los primeros cristianos de que no tenía sentido la imagen grandiosa del cedro del Líbano para designar el Reino de Dios.
En su lugar proponen una insignificante semilla que se convertirá en una hortaliza que no será plantada en lo más alto de un monte sino en la sencillez de un huerto.
La imagen de un reino esplendoroso esperado por el judaísmo oficial, deja paso a otro proceso nada espectacular que comenzará desde dentro de cada uno.
La imagen de la levadura no es menos significativa. El Reino no será nada distinto de las personas. Desde dentro, en constante ósmosis, trasformará la sociedad.
Estará tan mezclado con la realidad humana que no se podrá decir que está aquí o está allí. Será solo una manera distinta de ser hombre y manifestar humanidad.
No debemos confundir el Reino con ninguna realidad humana. Ni las instituciones ni las personas pueden identificarse con él, aunque lo trasforma todo.
Por eso no se puede hablar de él con lenguaje directo. Siempre nos veremos obligados a utilizar metáforas y comparaciones. Es una realidad para vivir, no para analizar.
Fray Marcos
