Fe Adulta

19 noviembre

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Jueves de la 33ª semana (Lc 19,41-44)

Al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, lloró sobre ella, mientras decía: si reconocieras tú también en este día lo que conduce a la paz. Pero ahora está escondido a tus ojos. Pues vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco de todos lados, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el tiempo de tu visita.

No llora por la ciudad sino por lo que significaba

La decepción que tuvo que llevarse Jesús por el rechazo frontal de su propia religión tuvo que ser monumental. No es extraño que le produjera lágrimas de desconsuelo.

Desde que se construyó el primer templo, Jerusalén ha sido el símbolo del pueblo judío y de su alianza con Dios. No podemos imaginarnos hoy la importancia que tenía la ciudad y la total identificación de cada israelita con ella.

La mejor prueba de esto nos la dio la historia. Una vez que los romanos arrasaron la ciudad, desapareció la nación y durante diez y nueve siglos los judíos anduvieron errantes por el mundo sin levantar cabeza.

Cuando se escribió este evangelio hacía unos veinte años que había desaparecido Jerusalén. Es lógica la aplicación a Jesús de esas lágrimas proféticas. Los primeros cristianos fueron muy conscientes del rechazo.

Con la visión de Dios que tenían entonces, incluso los cristianos, es lógico que se atribuyera un desastre tan descomunal a un castigo por su cerrazón a la hora de aceptar los esfuerzos de Jesús por salvar al pueblo judío.

La artificial restauración de la nación judía a costa del atropello de los palestinos que llevaban siglos viviendo en aquel territorio, creo que fue un desastre aún mayor.

 

Fray Marcos

 

 

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