Viernes de la 33ª semana (Lc 19,45-48)
Jesús entró en el templo y se puso a echar a los vendedores, diciéndoles: escrito está: mi casa será casa de oración; pero vosotros la habéis hecho una cueva de bandidos. Todos los días enseñaba en el templo. Por su parte, los sumos sacerdotes, los escribas y los principales del pueblo buscaban acabar con él, pero no sabían qué hacer, porque todo el pueblo estaba pendiente de él, escuchándolo.
Una acción profética que hemos interpretado mal
Jesús no purificó el templo echando a los vendedores y a los cambistas. Esas actividades eran imprescindibles para que se pudiera desarrollar el culto, debido en el templo. Lo que quiso decir es que el culto que en el templo se desarrollaba, no era sincero y limpio.
Allí se vendían animales ‘puros’, un requisito necesario para que el sacrificio fuese aceptado por los sacerdotes. El cambio de moneda era también indispensable porque al templo solo se podía ofrecer dinero acuñado por él.
Los peregrinos que venían de otras partes del mundo traían las monedas de cada nación. Si no tenían posibilidad de cambiarlas por la moneda del templo, no tendrían posibilidad alguna de hacer sus ofrendas.
La clave está en las citas. Los sinópticos citan (Is 56,3-7) “mi casa será casa de oración para todos los pueblos” y (Jr 7,8-11) “pero vosotros la habéis convertido en cueva de bandidos”. Bandidos son los que hacen las ofrendas para sentirse seguros y seguir cometiendo crímenes.
Jn cita (Zac 14,20) “no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado”. En tiempos mesiánicos no habrá diferencia entre lo sagrado y lo profano. Todas las cosas serán sagradas y no se necesitará un mercado en el templo para poder ofrecer sacrificios limpios y puros.
Fray Marcos
