Domingo XXXIV del TO
23 de noviembre
Lc 23, 35-43
La identificación del ser humano con el yo explica que la salvación se entienda, habitualmente, de modo egoico: la salvación consistiría, literalmente, en que el yo estuviera siempre bien. Es decir, el yo se convierte, de manera automática, en el criterio con el que juzgar lo bueno o malo de cualquier situación.
Sin embargo, una mirada más profunda, presente en las tradiciones sapienciales y místicas, ha planteado algo bien diferente: la salvación no consiste en la perpetuación del yo, sino en la desidentificación con respecto a él -lo que, metafóricamente, se ha llamado la “muerte” del yo-. Por lo que, de un modo amplio, puede decirse que salvarse es comprender lo que somos. De esa manera, convergen necesariamente salvación y sabiduría (o comprensión).
Desde un nivel de consciencia mítico, el yo -como el niño- busca una fuerza externa que lo salve, lo asegure y le garantice su estabilidad y felicidad. Pero cuando se entiende que ese yo no es nada más que un conjunto de pautas mentales y emocionales, se comprende simultáneamente que el objetivo adecuado no es salvarlo a él -carece de sentido salvar algo en última instancia inexistente-, sino salvarnos de él. La salvación es una con la comprensión.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
