A diferencia de lo que hemos visto retratado en innumerables obras pictóricas medievales, la fiesta de Cristo rey no nos presenta a un señor espléndido, rico y poderoso sentado en un trono de majestad. Por el contrario, nos pone delante a una persona que atraviesa todos los umbrales humanos, sus pasiones y sus turbulencias y que transita todos los momentos vitales desde los más inocentes hasta los más brutales y tortuosos. (Lc 23,35-43).
Es claro que quien se acerca y recorre estas profundidades humanas conoce esta máxima de gran actualidad (y que canta líricamente Rosalía en Berghain): “La única forma en que seremos salvados es por intervención divina”. Esta intervención divina no es extraña o distante de la realidad, sino que justamente está en el núcleo de lo que nos toca vivir. Sean cuales sean los acontecimientos, el presente constituye siempre el momento propicio para la salvación, se presenta como Kairós. Este Kairós no exime del dolor o del sufrimiento ni mucho menos esquiva la muerte, sino que se realiza como ofrenda del espíritu a las manos del Padre, desde el adentramiento en el devenir de la realidad.
Cristo crucificado, como bien define Pablo en su carta a los Corintios, puede ser “tropiezo para los judíos y locura para los gentiles” (1 Cor 1,23) y lo sigue siendo en cuanto que busquemos una salvación que sea acorde a la adquisición de ciertos conocimientos aislados o cuando pretendemos controlar la acción divina hacia nuestros intereses personales. Solo cuando percibamos su inaccesibilidad -paradójicamente anclada en el presente- descubriremos a Cristo crucificado como “poder de Dios y sabiduría de Dios” (v. 24). Donde más resplandece la verdadera humanidad en toda su hondura y amplitud, más reluce el poder y la sabiduría divina. Su intervención es implacable, su acción es salvífica.
Paula Depalma
