Mt 3, 1-12
«Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos»
Convertirse es retirar la mirada de aquello que nos afana en este mundo y dirigirla a Dios. En mayor o menor medida, y por distintos motivos, todos hacemos propósito de conversión en algún momento de nuestra vida, es decir, nos proponemos cambiar, sacudirnos la pereza, renunciar a nuestras pasiones, orientarnos a Dios y vivir como cristianos…
Pero solemos fracasar porque enfocamos muy mal la conversión. Y la enfocamos mal, porque habitualmente la fiamos a nuestra voluntad, y la voluntad no da para tanto. Es como quien intenta dejar de fumar: “A partir de mañana lo dejo”, pero una semana después el propósito se desvanece y todo queda en un mero intento fallido. Con la conversión pasa lo mismo.
Sería estupendo que pudiésemos elegir libremente la opción por Dios como quien elige cambiar el canal de televisión, pero no podemos, porque nuestras pasiones son mucho más fuertes que nosotros. Por eso, quizá sea bueno entender la conversión, no como un acto puntual de voluntad, sino como un proceso que nunca acaba y que poco tiene que ver con la voluntad…
Lo entenderemos mejor con un ejemplo.
Imaginemos un día frío y desapacible. Está nevando y la temperatura permanece bajo cero. Hemos estado caminando toda la mañana por el monte y, al final, hemos llegado a un refugio gratamente caldeado por un fogón encendido al fondo de la estancia. Estamos ateridos de frío, nos acerquemos al fuego para entrar en calor, y, efectivamente, poco a poco nuestro cuerpo se va calentando. Evidentemente, si nos hubiésemos quedado fuera hubiésemos seguido congelados.
Y en esto puede consistir la conversión; en acercarse al fuego. Como decía Ruiz de Galarreta: «Convertirse es que la cercanía de Jesús nos va cambiando. Convertirse es que la presencia del Fuego nos va calentado, la presencia del Agua nos va lavando, nos va fertilizando…».
No podemos convertirnos por un acto de voluntad, pero sí podemos acercarnos a la Palabra; sí podemos tratar de conocer mejor a Jesús y dejarnos fascinar por él; sí podemos dejar que el Espíritu crezca en nosotros, desde dentro, como una semilla que va germinando hasta convertirse en árbol capaz de dar fruto.
Pedro, Santiago, Juan, María Magdalena… fueron sus primeros seguidores, y el evangelio muestra su proceso de conversión: le conocieron, quedaron fascinados por él y, solo después, lo dejaron todo y le siguieron. Lo primero es conocerle y fascinarse, no hay otro camino… pero hoy Jesús es un valor a la baja del que es muy difícil oír hablar… y mucho menos oír hablar con rigor y fascinación.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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