Mt 11, 2-11
«A los pobres se les anuncia la buena Noticia»
Juan pide una señal porque teme por su vida y quiere dejar a buen recaudo a sus seguidores. Manda una delegación con la encomienda, y Jesús les contesta citando a Isaías: «Los ciegos ven … y a los pobres se les anuncia la buena Noticia» …
La gran revolución de Jesús es mostrarnos que Dios es de todos; que los sabios, los sacerdotes o los puros no tienen preferencia alguna ante Él; que lo suyo no va de templos magníficos, vestiduras ostentosas o gente sabia y poderosa, sino de todo lo contrario, pues si nos guiamos por lo que vemos en Jesús, comprenderemos que su corazón se inclina hacia los marginados, los impuros, los desafortunados. En Jesús vemos que Dios es descaradamente parcial en favor de los necesitados.
Y es que evangelio nos presenta a Jesús siempre rodeado de enfermos, lisiados, pobres y pecadores. Gente despreciada por los poderosos, los privilegiados, los predilectos de un dios que premia a los justos con bienes y castiga a los pecadores, como ellos, con miserias. Jesús en cambio se compadece de ellos, los cura de la enfermedad, les enseña y les devuelve la esperanza que habían perdido. A aquellos míseros desarrapados, a veces cojos o ciegos, casi siempre impuros, les dice con su actitud que poseen la dignidad de hijos de Dios; que son herederos de su Reino; que no son unos perdidos a los ojos de Dios por sus pecados, sino los más importantes por ser los más necesitados.
Ellos por su parte le siguen fascinados. Son como ovejas sin pastor que sienten la necesidad perentoria de que alguien les escuche y les dedique su atención; alguien que no los considere unos malditos empecatados aborrecidos de Dios… Y eso es lo que les ofrece Jesús. Para ellos, aquello es el reino de Dios en la Tierra; ya no tienen que esperar más; está allí, a su lado.
Por el contrario, los sabios, los puros y los poderosos tienen un serio problema con Jesús, y es que al no sentir necesidad de él se quedan a las puertas del Reino sin oportunidad alguna de entrar. Porque, «si no os hacéis como niños –es decir, si no os sentís necesitados– no entraréis en el reino de los cielos». La primera condición para entrar en el Reino es sentirse necesitado. Así de sencillo.
Y aquí viene la aplicación a nuestra propia vida, porque nosotros –gente sabia y acomodada– tenemos el mismo problema que los poderosos de tiempos de Jesús: no nos sentimos necesitados. Nos basta con nuestra sabiduría, con nuestra metafísica, nuestra cultura ilustrada, nuestra suficiencia asertiva, con nuestro bienestar y confort, y no sentimos ninguna necesidad de los criterios de aquel carpintero que hace veinte siglos recorrió los caminos de Galilea hablando de Dios, y al que tuvieron que crucificar para que su fuego no calcinase las injustas estructuras de Israel…
Mateo, el pequeño recaudador de Cafarnaún, no se sintió necesitado hasta que se vio llamado por Jesús; lo mismo que Zaqueo, el odiado jefe de recaudadores de Jericó. Pero, aunque ellos lo ignorasen, eran gente muy necesitada de ayuda, Jesús los llamó y cambió su vida.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
