Fe Adulta

Solo es creíble lo que favorece la vida

Domingo III de Adviento

14 de diciembre

Mt 11, 2-11

El evangelio no se cansa de repetir que el criterio decisivo que ha de guiar la vida de los discípulos de Jesús no son las creencias, sino el amor compasivo y eficaz hacia las personas en necesidad: “No todo el que me dice `Señor, Señor´, entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7,21). Y en un texto todavía más duro, dirá a quienes presumen de sus creencias: “Apartaos de mí…, porque tuve hambre y no me disteis de comer…” (Mateo 25,41). No cuenta nada presumir de las propias creencias -de “ser hijo de Abraham”-, porque “Dios es capaz de sacar hijos de Abraham de las piedras” (Mateo 3,9).

Pues bien, tanto la autoridad religiosa como el creyente de a pie parecen poner reiteradamente el acento, no el criterio propuesto por Jesús, sino en la adhesión al credo. Al hacerlo así, el poder religioso obtiene la “ventaja” de controlar eficazmente la ortodoxia, mientras que el creyente cree alcanzar, gracias a la creencia, un pasaporte que le garantice seguridad. De modo que todos salen ganando, aunque sea a costa del olvido real del criterio evangélico.

Ese desvío llega al extremo en el caso, de sobra evidente en nuestro tiempo, de ultracatólicos, también en el mundo de la política, que, presentándose como “defensores de la fe”, se aferran desesperada y rígidamente a la “doctrina” inamovible, mientras cierran su corazón a las necesidades inmediatas y palpables de las personas más vulnerables. También ante esa contradicción suenan con fuerza las durísimas palabras de Jesús: “¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello!” (Mateo 23,24).

Tal como se lee en el texto de hoy, únicamente es creíble aquella fe que es “buena noticia para los pobres”.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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