Fe Adulta

El evangelio de los hechos

(Mateo 11, 2-11)

El tercer domingo de Adviento es celebrado por la iglesia desde los primeros siglos, como el domingo de Gaudete, el domingo de la alegría, como anticipación a la navidad. Por eso como nos recuerda la primera lectura: el desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá como flor de narciso (Is 35,1-6ª.10). Una alegría que brota desde el corazón del mundo, porque como leemos en el salmo de este domingo, el Señor hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos, libertad a los cautivos y sustenta al huérfano y la viuda (Salmo 145). Es la alegría de la liberación.

Una alegría comprometida que no nos deja en la autocomplacencia y la comodidad, sino que nos llama a la acción. El Evangelio de este domingo da cuenta de ello. Su veracidad no se juega en las palabras ni en los principios, sino en los actos. La fe no es gnosis, es ejercicio, es praxis. A ellos remite Jesús ante el desconcierto y los interrogantes de Juan Bautista: los ciegos ven, los cojos andan (…) y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.

Hoy como ayer los gestos y las prácticas que alivian el sufrimiento de la gente, la soledad, la marginación, son signos que hacen presente el Reino, que presencializan a Jesús mismo, que viene en persona y nos salva (Is 35, 1-6.10). Nuestros barrios están ávidos de cultura del encuentro, de personalización, de confianza, de amistad social a la vez que la temen. Frente a la cultura del miedo y de la globalización de la indiferencia que parece imponerse, el evangelio nos invita a preguntarnos cuales son los signos que pueden actualizar la alegría y la esperanza del adviento en ellos ¿serán algunos quizás la hospitalidad, el cuidado comunitario, la solidaridad en los desahucios, sumarnos a las luchas de todos aquellos a quienes se les niega el derecho a tener derechos, de los que como decía el papa Francisco nunca se dirán que no son humanos pero se los trata como si no lo fueran (FT 39)?.

El evangelio no es un tranquilizante ni una piedad intimista. Jesús es consciente de su capacidad de escándalo porque exige posicionamiento y conduce a ir más allá de lo políticamente correcto cuando lo que está en juego es el sufrimiento y la dignidad de las personas, por eso reconoce como bienaventuradas y bienaventurados a quienes no se escandalizan de él.

El evangelio es también tarea y envío: Id a anunciar. ¿Pero cómo podemos hacerlo si nuestras manos son débiles y nuestras rodillas vacilantes (¿Is 35, 1-6ª?10).   Por ello la segunda lectura de este domingo nos aporta también una clave interesante: Aprender y vivir sostenidos en la resistencia de los y las profetas que nos han precedido (Santiago 5, 7-10).

 ¿Qué profetas sostiene hoy nuestra fe y a que nos urgen?

 

Pepa Torres Pérez

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