Una invitación a reconocer y habitar la relación
con Dios en y desde la realidad que vivimos
No llegué aquí buscando escribir sobre la oración. Llegué buscando comprender por qué, a pesar de tantas palabras sobre Dios, tantos rezos y tantas explicaciones, algo esencial seguía permaneciendo en silencio.
Durante mucho tiempo pensé —como muchos— que orar era hablar, pedir, formular. Que creer consistía en aceptar ciertas ideas. Que el silencio de Dios era una prueba incómoda, una ausencia difícil de explicar, quizá incluso un problema… Pero con el paso del tiempo, y sobre todo con la experiencia de la vida vivida, algo empezó a desplazarse por dentro.
No fue una revelación repentina ni una certeza fulminante. Fue un descubrimiento lento, casi discreto: tal vez el problema no era el silencio de Dios, sino nuestra manera de escucharlo. Tal vez la oración no comenzaba cuando hablábamos, sino mucho antes: tal vez Dios no estaba lejos, sino tan cerca que habíamos dejado de reconocerlo.
Este texto nace de ese desplazamiento interior: no de haber llegado, sino de haber comenzado a ver de una manera distinta.
Estamos aquí
Antes de cualquier idea religiosa, antes de cualquier pregunta por Dios, hay algo que ocurre sin que tengamos que provocarlo: estamos aquí.
Puede parecer obvio, pero pocas veces lo habitamos de verdad nuestra realidad profundamente. Vivimos en un vértigo, empujados por ritmos, expectativas, pantallas, preocupaciones. Pasamos por la vida sin detenernos a reconocer lo más elemental: que existimos, que respiramos, que la realidad nos rodea y nos sostiene en este instante, que somos parte de la realidad.
Y, sin embargo, hay momentos —breves, silenciosos, inesperados— en los que algo se aquieta por dentro. No porque hayamos entendido algo nuevo, sino porque nos damos cuenta: nos damos cuenta de que estamos vivos, de que estamos siendo, de que existir ya es, en sí mismo, un misterio.
Ese darse cuenta no es todavía fe ni oración. Es algo más básico y, al mismo tiempo, más profundo: es nuestra conciencia.
La conciencia antes de la fe
La conciencia no crea la realidad ni la explica. No le añade nada: simplemente la reconoce.
Reconocer que existimos. Reconocer que hay un mundo que no depende de nosotros. Reconocer que no nos hemos dado la vida ni controlamos del todo lo que somos. Este reconocimiento no suele venir acompañado de grandes emociones. A veces llega como pausa interior, otras como serenidad, otras incluso como una leve incomodidad. Pero casi siempre trae algo en común: una paz que no asusta.
Cuando esto ocurre, la realidad deja de ser solo un conjunto de cosas útiles o problemas que resolver. Aparece su hondura. No porque haya cambiado, sino porque nuestra manera de mirar ha cambiado.
Aquí nace el “asombro”.
El asombro como primera respuesta
El asombro no es ignorancia ni curiosidad intelectual. No es sorpresa pasajera: es una forma de estar ante la realidad cuando se reconoce que es mayor, más rica y más profunda de lo que podemos abarcar.
En el asombro, la realidad que nos rodea —y nuestra propia realidad— deja de ser objeto y se vuelve presencia. No se intenta poseerla ni dominarla: se la deja ser.
Este asombro no aparece solo en momentos excepcionales. Se da también en lo cotidiano: al escuchar a alguien con atención, al reconocer la propia fragilidad, al mirar sin prisa. No hay nada espectacular en ello, y precisamente por eso es tan verdadero.
Antes de hablar de Dios y con Dios, el ser humano habló desde la realidad. El mundo fue el primer lenguaje en el que Dios se nos revela.
La realidad como primer lenguaje
La creación no demuestra a Dios: lo sugiere. No lo encierra: lo deja entrever. No lo define: lo transparenta sin agotarlo.
Por eso la búsqueda de Dios no comienza fuera de la realidad, sino dentro de ella: no en lo extraordinario, sino en lo dado. No rompiendo el mundo, sino habitándolo.
Dios se revela en y desde su creación. Aprender a orar no es encontrar un camino que nos lleve más allá, donde supuestamente estaría Dios, sino aprender a reconocerlo y a tratar con Él desde ahí: desde esa primera y definitiva revelación que es la realidad misma.
Aquí se intuye algo decisivo: la relación con Dios no se inaugura hablando, sino aprendiendo a mirar.
Cuando el silencio aparece
Llega un momento —no siempre claro ni buscado— en el que aquello que al inicio parecía cercano comienza a volverse extraño. La vida sigue, la realidad permanece, pero la claridad se diluye… y entonces aparece el silencio de Dios…
No un silencio elegido, sino el silencio que irrumpe cuando esperamos respuesta y no la encontramos. Cuando la pregunta es sincera y, sin embargo, no hay eco. Este silencio desconcierta y nos lleva a interpretarlo como ausencia.
Pero aquí comienza una comprensión decisiva: El silencio no es ausencia
En la experiencia humana sabemos que no todo silencio significa abandono. Hay silencios que respetan, que acompañan, que crean espacio: el silencio de una amistad profunda, el silencio compartido en el duelo, el silencio del amor maduro.
Algo semejante ocurre aquí. El silencio de Dios no es un fallo, ni un lapsus, ni un defecto del plan. No es ausencia de comunicación, sino una forma distinta —y más honda— de presencia: es la mejor manera de revelarse respetando el devenir del mundo y la libertad de sus creaturas.
El silencio está pensado así: no es un error de Dios ni una defecto del hombre.
Dios calla no para retirarse, sino para no ocupar el lugar que corresponde a la conciencia humana. Un Dios que hablara sin cesar sería invasivo, no amoroso.
El silencio es condición de libertad.
El silencio que transforma
Cuando Dios calla, deja de ser objeto de expectativas y comienza a ser misterio habitado. No tranquiliza de inmediato, pero permanece. No resuelve, pero sostiene.
Este silencio no corrige la historia desde fuera. La acompaña desde dentro. No evita el error ni la fragilidad, pero hace posible que la vida sea historia viva —y verdadera— y no escenario pasivo de un entretenimiento divino.
Aquí la fe se depura: pierde dramatismo y gana verdad.
La oración como forma de vida
Con esta comprensión la oración ya no necesita definirse demasiado: ha encontrado su lugar. No es técnica, no es método, no es discurso constante: es una manera de vivir atentos.
Orar no es hablarle a Dios para moverlo a actuar. Es reconocer su presencia que sostiene todo sin necesidad de nombrarla. Es agradecer sin ruido. Es responder con fidelidad a lo que se va mostrando, incluso cuando no se comprende del todo.
Se ora viviendo. Viviendo con la certeza profunda de participar de una realidad que nos abraza.
Habitar el silencio no es resignarse ni retirarse del mundo. Es aprender a vivir desde dentro de él, desde esa profundidad que, al apreciarla con ojos limpios, nos habla de Quien la habita silenciosamente.
El silencio del que hablamos no es ausencia de sonido, sino ausencia de defensa: es el espacio interior donde la realidad puede ser recibida tal como es, sin apresarla ni reducirla.
Habitar el silencio implica reconciliarse con el tiempo: no todo se entiende hoy, no todo se resuelve ahora y no pasa nada. El silencio no apura, acompaña.
Cuando se comprende y habita así, el mundo vuelve a ser visto, no como objeto que se usa, sino como realidad compartida. El ser humano no está frente al mundo: forma parte de él. Somos polvo de estrellas que ha llegado a ser conciencia. Cortar esa pertenencia empobrece la mirada y dificulta el acceso a Dios.
Cuando ya no hace falta defenderse
Quizá uno de los signos más claros de madurez espiritual es este: ya no hace falta defenderse de Dios.
La fe deja de ser escudo contra el anatema del ateísmo. La oración deja de ser estrategia para sobrellevar una soledad. La vida deja de necesitar justificación ante nuestro vacío personal.
En realidad nada es —ni debiera ser— más natural en el hombre que vivir desde nuestro asombro estructural y radical que nos lleva a cuestionar la profundidad del ser y de su existencia, de nuestro ser y nuestra existencia…
Queda algo más simple y verdadero: vivir atentos, agradecer cuando brota, callar cuando es justo, responder cuando la realidad se nos muestra desnuda….
Aquí el silencio ya no inquieta: acompaña.
El silencio que permanece
Este texto no termina porque haya llegado a una respuesta final. Termina porque ha llegado a un lugar suficiente. No suficiente en el sentido de completo, sino en el sentido humano: un lugar donde ya no es necesario correr, defenderse o explicar demasiado.
El silencio no pide ser defendido ni explicado: se ofrece como espacio para vivir con mayor verdad. No exige comprensión plena, solo presencia honesta.
A Dios no hay que buscarlo lejos: no se alcanza al final, pasando a través de su primera revelación —su creación— sino justamente en ella. Se reconoce aquí, en la realidad que ya habitamos, cuando dejamos de huir y comenzamos a habitar nuestra propia realidad.
Habitar ya es orar, porque en ese habitar reconocemos la presencia plena y la convivencia silenciosa e incondicional de Dios.
El silencio sigue ahí, siempre ha estado ahí y pienso que siempre lo estará… Todo depende de cómo lo entendemos, cómo lo vivimos, cómo lo habitamos.
El silencio de Dios desaparece en el momento en que comprendamos que nunca ha sido un silencio…
Y quizá comprenderlo así sea suficiente entusiasmo para seguir caminando.
Alfonso Núñez Chávez
12/2025
