Fe Adulta

Santa maría, madre de Dios

Lc 2,16-21

“Verdadera hermana nuestra”[1]

La fiesta que hoy celebramos, Santa María, Madre de Dios marca el inicio del año civil y la octava de Navidad. Su título fue definido como dogma en el Concilio de Éfeso en el año 431, en respuesta a la herejía de Nestorio, consolidando el título de Theotokos, ‘portadora de Dios’, frente al de Christotokos ‘portadora de Cristo’. El papa Pío XI en 1931 instituye la fiesta litúrgica en el calendario romano, confirmada por Pablo VI, integrando la antigua celebración del 1 de enero (siglo VI, en Roma). A partir de 1968 se celebra también la Jornada Mundial de la Paz.

El enunciado del dogma: “María, Madre de Dios” nos da una pista para entender la realidad de Dios. Expresa la necesidad de comprender a Dios desde nuestra realidad humana. Somos hijos e hijas de Dios y Él es a la vez Hijo de una mujer. Dios entrando en la actividad y el desarrollo humano y el ser humano entrando en la dinámica divina. Llamar a María Madre es manifestar la presencia de Dios en Jesús.

Conviene recordar que este pasaje viene precedido del cántico del Magnificat que entona María en su visita a Isabel (Lc 1,46-56) y de la profecía de Zacarías, el Benedictus (Lc 1,68-79).

Las dos fiestas marianas celebradas en diciembre en el tiempo de Adviento: la Inmaculada y Nª Sra. de Guadalupe, patrona de América, muestran que las promesas de Dios se cumplen y, a menudo de forma sorprendente. Dios se fija en lo pequeño, lo humilde, lo insignificante. Y lo hace pidiendo permiso para obrar maravillas, respetando la decisión humana, pidiendo la colaboración para que su plan salvador pueda realizarse. María recibe al ‘mensajero’ Gabriel en su interior, acoge ese proyecto, aun sin entender, pregunta “¿cómo será eso?” y, finalmente, acepta: “fiat”, “hágase en mí según tu palabra”.

El Magnificat consta de dos estrofas vinculadas teológicamente por un profundo sentido de la compasión de Dios. Una, que refleja una forma de vida en las tradiciones judía y cristiana: amor de Dios y amor del prójimo en términos evangélicos, espiritualidad y justicia social según los profetas, contemplación y acción en la espiritualidad tradicional, mística y resistencia en la teología contemporánea.

El cántico de María es el de una mujer pobre. Ella proclama la grandeza de Dios porque ha hecho grandes cosas por ella. El término ‘humilde condición’, en griego, describe pobreza, sufrimiento, persecución y opresión. No es una metáfora. Se basa en su posición social real. Joven, pobre, mujer y miembro de un pueblo sometido a la explotación económica del imperio romano, de gobernantes poderosos y corruptos. Sin embargo, es precisamente a una joven así a la que ha llegado la llamada para colaborar con Dios en la gran obra de la redención. Lo revolucionario es la combinación: que Dios se haya fijado en ella precisamente como mujer humilde.

La segunda estrofa articula el gran tema bíblico del cambio. La llegada del Reino de Dios va a trastornar el orden del mundo gobernado por el arrogante, el opresor, el duro de corazón. Gracias a la acción de Dios ha de invertirse la jerarquía social de riqueza y pobreza, poder y sometimiento. En todos los evangelios, Jesús predica y pone por obra este mensaje vital de cambio.

María anticipa la buena nueva, y lo hace como mujer judía con una conciencia profundamente enraizada en la herencia y la sabiduría de las mujeres fuertes de Israel. El mensaje del Magnificat es, pues, revolucionario y sus dimensiones sociales, económicas y políticas no pueden soslayarse. El amor divino está especialmente de parte de aquellos/as cuya dignidad tiene que ser recuperada; construir una comunidad de hermanos y hermanas marcada por la dignidad humana y el respeto mutuo.

El Espíritu-Ruah que vivificó a María y autorizó su voz profética es el mismo que inspira y vivifica a las mujeres de todas las épocas. Una de las lecciones más potentes y menos usuales de la mariología tradicional es el derecho a decir ‘no’. El ‘sí’ de María en la anunciación ha sido utilizado de forma detestable para alentar la sumisión pasiva de la mujer. Ella hace suyo el ‘no’ divino a cuanto oprime al humilde, descarta a unos y otros, se mantiene firme y canta que eso cambiará. Se convierte en una mujer no sometida sino profética.

Las mujeres católicas luchan contra la interpretación de este canto a favor de su posición subordinada en la estructura actual de la Iglesia. Si esto se aplica a la lucha de las mujeres por la plena participación en el gobierno y el ministerio de la Iglesia, los cambios del Magnificat tienen pleno significado para la vida eclesial. Las mujeres están doblemente oprimidas y marginadas[2]  no sólo por ser pobres, sino también por ser mujeres en una sociedad en la que impera el machismo.

Ella dio a luz. El riesgo de muerte en el antiguo Israel era real. A veces se contaba con una partera y otras mujeres ayudaban. No tenemos detalles del parto de María, pero las palabras ‘dio a luz’ evocan ese esfuerzo en el que las mujeres alumbran una nueva vida. Algo que nuestras abuelas han vivido hasta hace unos años.

La virginidad de María en el parto entrará en la doctrina de la Iglesia como un dogma abierto a múltiples interpretaciones. No es un punto de llegada; en todo caso punto de partida que hay que reformular.  

Lucas no sabe nada de esta idea. Para él María se adentra en la experiencia común de las mujeres que alumbran una nueva criatura de sus cuerpos, incluso con riesgo de morir. En este parto se derramó sangre de verdad, por parte de una mujer primípara, pobre, de una sociedad rural, lejos de su casa y en un establo poco acogedor.

Luego, se nos dice que “María guardaba todos estos recuerdos y los meditaba en su corazón”. Doce años más tarde se la describe asustada después de haberse perdido Jesús: “Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón” (2,50). Ella no entiende del todo las cosas que está viviendo, les da vueltas en su cabeza, las sopesa. Reflexiona para saber cómo se está moviendo el Espíritu en medio de ellos, cómo discernir su significado y seguir el camino acertado. Como cualquiera de nosotros/as.

Siguiendo la imagen de Lucas de María como discípula ejemplar, las generaciones posteriores perciben a una mujer en oración, que contempla activamente la palabra de Dios y la pone en práctica.

De los escasos datos de María que tenemos en los evangelios, a partir del siglo IV se observa la elevación de María identificada con la mujer del Apocalipsis (Ap 12,1), a pesar de que la exégesis considera que no tiene nada que ver originalmente con María, sino que se manifiesta la influencia de las diosas antiguas. La veneración de María entre las masas es alimentada, sobre todo, por los cultos antiguos del Mediterráneo oriental. Posteriormente la liturgia católica exagera estos atributos y el Concilio Vaticano II advierte de esos excesos destacando el papel de María en la historia de salvación. La infinidad de imágenes de María con corona, lujosos mantos, dotada de privilegios, virgen, inmaculada, mediadora, corredentora, asunta al cielo…, la han alejado de lo esencial: María, mujer de fe que escucha, guarda y cumple la Palabra de Dios.

María de Nazaret, vecina, hermana, amiga y compañera de camino, relacionada con otras mujeres del entorno de Jesús, hacen de ella una aliada de las mujeres de todo el mundo en cuanto que luchan por el reconocimiento de su dignidad humana plena y la de sus hijos/as. Aquí en Pentecostés históricamente y en los Hechos, María se encuentra junto con las mujeres en medio de la comunidad igual que los hombres.

Aunque excluidas de la ordenación y por tanto marginadas oficialmente[3], ellas hablan con autoridad. La fuente de autoridad es el Espíritu de Dios, la única fuente de autoridad para la Iglesia. Las mujeres gozan de los dones del Espíritu por una triple vía: por su vocación como personas bautizadas, que las hace profetisas, sacerdotes y líderes como partes del cuerpo de Cristo; por su experiencia real de vivir cada día su vida cristiana que sabe discernir la verdad desde el amor; por sus experiencias negativas de dolor y exclusión, que procuran el conocimiento de lo que no debe ser en la Iglesia. Colaboradoras del Espíritu, apelan a la autoridad de un futuro acorde con el Reino de Dios, cuando la plenitud de vida, shalom, se derrame en todos/as, principalmente sobre los más pequeños y los últimos.

¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

 

[1] Elizabeth A. Johnson, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder Ed., Barcelona, 2005

[2] Puebla, n.1135, cit. por Gutiérrez, God of life, 165

[3] Documento Final del Sínodo de la Sinodalidad n. 60

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