Fe Adulta

El cordero de Dios que quita el pecado

Jn 1, 19-24

«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

El cuarto evangelio se escribe muy tarde y pone en boca del Bautista la cristología desarrollada en las comunidades joaneas a lo largo de ese tiempo. En el texto de hoy, Juan presenta a Jesús como el Cordero de Dios; como el Hijo amado alentado por su Espíritu, pero la teología posterior retuerce la imagen del cordero –víctima sacrificada a Dios– para elaborar una horrorosa doctrina de la redención que ha prevalecido a lo largo de mucho tiempo (y que todavía persiste).

Jesús, el Bueno, carga con nuestros pecados para ofrecerse como víctima vicaria al Padre, el Justo, que de esta forma ve zanjada la ofensa que le hemos infringido y puede reconciliarse con el género humano. Pero esta interpretación contradice incluso al propio evangelio de Juan, que más adelante nos dice que en Jesús hemos visto al Padre: «Quien me ha visto a mí…». Si Jesús es misericordioso es porque el Padre lo es, y que si es capaz de comprometerse hasta el final con el Reino, es porque Dios también está comprometido hasta el final con el género humano… En Jesús hemos visto que Dios es nuestro aliado contra el mal, y que él, Jesús, es su instrumento para librarnos del pecado: es «el que quita el pecado del mundo».

Pero esta expresión nos suscita varias preguntas importantes. La primera, ¿cuál es la esencia del pecado?… Hoy tendemos a rechazar la noción de culpa y creer que el pecado, el mal, es básicamente error y debilidad. Nos apetece lo que en realidad no merece la pena: nos fascina lo que nos perjudica… Pero el hecho de no considerar el pecado como ofensa a Dios no le quita entidad, pues sigue siendo nuestra peor lacra, porque nos esclaviza, socaba la convivencia y destroza nuestra vida.

La segunda pregunta es, ¿cuál es el origen del mal; del pecado? Porque si el mal no procede del Dios, creador de todas las cosas ¿de dónde procede?… Argumentos como el de Epicuro para ligar la existencia del mal a la inexistencia de Dios son muy convincentes, pero faltos de rigor, porque como dice J. Antonio Estrada, lo único que demuestran es que el problema del mal es inasequible a nuestra razón. Y nada más.

La tercera pregunta es quizá la más importante para nosotros: ¿Cómo puede Jesús quitar el pecado del mundo? ¿cómo puede librarnos del pecado?…

En primer lugar, desculpabilizándonos. A lo largo del evangelio, Jesús no trata a los «pecadores» como culpables, sino como necesitados de Dios y amados por Él. Jesús no nos considera malvados por estar sometidos a la ley del pecado, sino sus víctimas, porque el pecado, más que cometerse, se padece. En segundo lugar, Jesús nos libra del pecado encendiendo su luz para que no tropecemos en las trampas de la vida. Los seres humanos somos propensos a equivocarnos; a tropezar, y Jesús nos presta su luz para mostrarnos el camino.

Finalmente, Jesús nos propone una forma de vida equiparable a un tesoro, y nos dice que quien lo encuentra vende todo para comprarlo; que lo demás deja de tener valor para él… incluida la atracción que sobre nosotros ejerce el pecado.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Comparte FeAdulta Facebook