Fe Adulta

Experiencia de acogida en mi vida pastoral

A lo largo de 30 años he ido acogiendo a personas que vivían en la soledad o en el problema. No solo voy a señalar algas personas que pasaron por mi casa, sino que quiero también hacer una confesión y una revisión de mi acogida.

A lo largo de 30 años he ido teniendo personas en casa (en la casa parroquial). Unas venían desde Cáritas, pero otras veces eran ellas mismas las que me pedían que las acogiese. Ha habido de todo tipo: inmigrantes africanos, de España, curas, transeúntes, expresos…

Empecé a acoger porque en unas fiestas de San Bernabé, estando yo de cura en Ortigosa, Conchi de APIR, me pidió que acogiese esos días a un chaval de 11 años. Luego vinieron tres medio-frailes que estuvieron un tiempo y luego se fueron para el sur.

Han pasado largo tiempo Yeni y sus hermanos. Otro era de Senegal, que luego él y sus padres me llamaron por teléfono desde su casa.

En Medrano era muy fácil acoger, pues se trataba de personas que tenían trabajo en los almacenes de Lardero y de Entrena, y no ocasionaban el menor problema. A los que acogí en Anguiano también bajaban a trabajar a Baños.

En general, la experiencia ha resultado muy bien. Pero con un par de ellos tuve dificultad, pues yo, sin darme cuenta, los humillaba un poco o los trataba un poco mal, quizás también por su carácter. Uno se me enfadó con razón, y me tiró todos los tiestos y lo que tenía en el frigo, pues yo le «pinchaba».

Lo mismo me pasó con otro en Santurde. Yo hacía cosas que le humillaban. El resto muy bien. Hay algunos con los que sigo teniendo mucha amistad, como es el caso de Yeni y sus hermanos.

Con los que venía de la cárcel me llevé muy bien. Cuando no encontraban trabajo se aburrían.

En Medrano hubo un paquistaní trabajando de lechero. En Agoncillo, Iván estuvo dos años y trabajaba en un almacén de mecánico. En Transportes Sáez. Era muy razonable y colaborador.

Uno trabajaba en la torre de Agoncillo pintando las vigas y se cayó. El susto fue enorme, pero hubo suerte y se pasó sin más, sin hacerse nada.

Alguno venía a pasar el tiempo, no portándose del todo bien. Una noche tuve que bajar a las cuatro de la madrugada a la calle «la cadena» a por uno, para llevarlo a casa, pues se había ido de picos pardos y no sabía volver. Otra noche, el mismo, me llamó desde Navarrete, y no me daba más señales que la de que estaba viendo farolas de luz. Pero estos eran los menos. Los demás estaban formalmente en casa a la hora.

Se da el dato curioso de que dos años coincidieron las fiestas de Reyes con la estancia de un chico de Senegal en mi casa. Y él hizo de Rey Mago, al natural; otro año bajó a realizarlo a Baños de Río Tobía.

Un paquistaní vivió conmigo. Se casó y luego se divorció. Con la divorciada tuve un problema muy gordo, pues lo acusó de haberla maltratado y lo metieron en la cárcel. El funcionario de prisiones me dijo: «¿cómo han metido aquí a este si no es capaz ni de matar una mosca?» Y a los muy pocos días lo soltaron. Pero tuvo que pagar una cuota de 400 euros durante mucho tiempo.

Tuve una vez un chico que se había escapado de su casa y se fue hasta Valvanera. El Padre Jesús me lo encomendó y se vino conmigo. Fue impresionante cuando el día de San José llegó su padre y se reconciliaron, volviendo a su tierra. El P. Jesús me enviaba otros de vez en cuando.

Un cura me mandó una vez a un joven para vivir conmigo. Pronto alquiló una casa y apenas venía por la mía. Se fue buscando trabajo y entró de animador infantil en el camping Bañares.

Casi siempre han sido chicos. Solamente en Ortigosa, durante poco tiempo, hubo tres chicas, dos de ellas prostitutas. Que yo recuerde, no he tenido muchos problemas de faltarme cosas: solamente he echado en falta un garrafón de vino, que se lo había ido bebiendo, una plancha y 300 pesetas. Me decía uno: «sería tonto si encima de acogerme en tu casa, te robara». En general hacían muy buenas migas con los vecinos, y algunos hasta se hacían amigos y colaboraban en alguna labor.

Me contaban enseguida su vida, pero sin profundizar demasiado. Con alguno quizás podría haber hecho más para que se integrase en el pueblo y en un trabajo.

En general, por mi parte no suponía gran cosa el acogerlos, porque el gasto en comida era pequeño y muchos de ellos comían a lo musulmán.

A veces había alguna persona que me llevaba algo de comida, para ayudar, y las monjas de Entrena me daban abundantes pastas para ellos. Tavo y su mujer hacían una labor fenomenal con ellos. Eran sus amigos. Un día, al dormir, me encontré que en la puerta de la habitación habían puesto un cerrojo. A los días me dice Tavo: «¿qué tal duermes? Te he puesto un cerrojo para que no te hagan nada por la noche».

Recuerdo que durante 8 años he ido a celebrar misa a la cárcel algunos domingos. No me ha supuesto nada especial, al revés: amistad con algún preso y echar una mano afectiva a algún interno. Luego, acoger a algunos mientras hacían trabajos sustitutorios.

 

Gerardo Villar

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