DOMINGO 2º CUARESMA (A) Mt 17, 1-9
Una de las características del mundo moderno es la superación. Las palabras progreso, desarrollo, innovación, transformación, evolución, tienen una connotación de cambio irrenunciable. Contribuyen a ello los avances de las ciencias, las técnicas, los descubrimientos impresionantes, la exploración del universo, la profundización en el interior del ser humano…
Los movimientos juveniles, los intelectuales, los pensadores, los sistemas revolucionarios alientan también este deseo de cambio. Se busca un sistema más justo de sociedad, se experimentan nuevas formas que respondan a la problemática actual, crear una cultural global, integral, transfigurar este mundo en un mundo nuevo; la utopía de alcanzar otro mundo posible más habitable para todos.
La esperanza se rompe cuando día a día experimentamos la realidad que impide y hace imposible el ansiado deseo de superación, de cambio a mejor. Los sistemas establecidos basados en el poder, el dinero, la opresión, la discriminación y la violencia de todo tipo, engullen las inquietudes más nobles, los mejores deseos. Esto provoca siempre desilusión, escepticismo, y lo que es peor, la aceptación de que el mundo no puede ser de otra manera.
Este segundo domingo de Cuaresma nos sugiere la idea de que en la vida sólo es posible transfigurarse si somos capaces de descubrir la Presencia transformadora de Jesús en nosotros/as en el camino que nos toca vivir, la subida al monte, símbolo de lo Divino y no perder la esperanza en un presente-futuro mejor que nos aguarda. Es el ascenso de la conciencia, del conocimiento interior, a un nivel más hondo y profundo, más allá de los signos externos con que se nos narra este relato recogido en los tres sinópticos.
Está escrito siguiendo las teofanías del AT con los elementos comunes a todas ellas: montaña, rostro y vestidos resplandecientes, nube luminosa, voz que se escucha. No es un relato histórico. Es probable que se trate de un relato pos-pascual que se retrotrae a la vida terrena de Jesús para tratar de comunicar quien era Jesús, lo que habían experimentado los/as discípulos/as después de su muerte y les había dado Vida.
En el relato se expresa la presencia divina en Jesús con un lenguaje que todos podían comprender. Lo que hay de Dios en él, en cada uno/a es precisamente la auténtica humanidad, el ser pan y hacerse pan para los demás; la entrega total. Lo divino, lo esencial de toda persona es invisible y no puede percibirse por los sentidos. Es el ADN de su Ser.
La voz venida de lo alto sobrecoge a los discípulos: ‘Escuchadlo’. Jesús, presencia de Dios, hoy, entre los hombres y mujeres: ‘sube’ contigo para que seas testigo del encuentro con Dios, ‘se acerca’, ‘nos toca’, ‘nos levanta’, ‘nos dice: no tengáis miedo’. En su bautismo, y ahora, aquí, acontece el hecho esencial de su vida: se experimenta como Hijo amado. ¿Te has parado a pensar lo que realmente significa para ti ser Hijo/a Amado/a? ¿Lo escuchamos? ¿Cómo vivir hoy de ese modo?
‘¡Escuchadle a Él!’ Ni a Moisés, ni a Elías, ni a Pedro. ¿Le escucha la Iglesia?
No hay excusas. La Iglesia católica tiene miedo a escuchar a Jesús. Un miedo que está paralizando el proyecto del Reino de Dios en su visibilidad eclesial en sus cuatro tareas fundamentales: la diaconía que se realiza en el signo del servicio; la koinonía que se vive en el signo de la comunión; el kerigma que se proclama en el signo de la Palabra y la liturgia que se celebra en el signo de las celebraciones.
Donde hay miedo no hay fidelidad a Jesús que, entre otras muchas cosas, dijo: «Nadie echa vino nuevo en odres viejos; porque revientan los odres, y se pierden el vino y los odres; a vino nuevo, odres nuevos» (Mt 9,17; Mc 2,22; Lc 5,37-38).
En el Resumen sobre el estudio del Diaconado Femenino hecho público el 4.12.25, se rechaza el diaconado femenino. ¿Qué argumento vergonzoso han esgrimido? Diaconía es servicio, amor-caridad, promoción, educación, liberación, cercanía. Todos/as llamados/as a vivirlo cada día. Sin hacer acepción de personas.
¿Qué entiende la Iglesia por Koinonía que es: comunión, comunidad, fraternidad, unidad, corresponsabilidad, comunicación? Las mujeres lo llevamos practicando desde los orígenes. ¿Hasta cuándo se mantendrá el descarte de las mujeres en la Iglesia, el no reconocimiento de nuestros derechos? La tradición no puede ser una barrera para excluirnos.
¿Quién proclama el Kerigma que es: palabra, anuncio, evangelización, catequesis, predicación, homilía en la Iglesia? Mujeres y hombres desde los orígenes del cristianismo la han proclamado incluso arriesgando la propia vida. Recordamos algunas citas fundamentales:
1 Cor 3,16-23: «¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros/as?»
1 Pe 2,9: «Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las grandezas de Aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable».
Gal 3,26-29: «Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la promesa.
¿Hace falta explicar algo más? ¿No estamos bautizadas y ungidas por el mismo Espíritu de Dios? ¿No podemos predicar, decir nuestra palabra como bautizados/as? ¿No poseemos el sacerdocio real de los fieles?
La liturgia es: eucaristía, sacramentos, celebraciones, fiesta, oración, memoria. La fracción del pan en la iglesia primitiva era la celebración que guardaba la memoria de Jesús. Todos daban gracias a Dios, bendecían el pan y el vino, lo compartían entre todos. «Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él» (Hch 10,34-38). De ahí se pasó a unas celebraciones normativas donde uno solo proclama la palabra, consagra y los demás escuchan pasivamente. Hemos convertido la eucaristía que es memoria, fiesta, creatividad, novedad, igualdad radical y subversión del modelo que inauguró Jesús, en un rito desigual, aburrido, donde los jóvenes miran nuestra fe con total indiferencia porque se expresa con un lenguaje obsoleto, donde casi nadie vibra de emoción por lo que se hace o se dice.
La Iglesia tiene miedo a la libertad de los/as creyentes. Les inquieta que el pueblo de Dios recupere la palabra o que los laicos ejerciendo su corresponsabilidad, les planteen cuestiones a las que no saben responder o no quieren compartir. También hay recelo ante religiosos/as que, fieles al carisma profético que han recibido de Dios, buscan otros caminos de celebrar y vivir la fe.
¿Tenemos miedo a escuchar lo que el Espíritu suscita en la iglesia? ¿No estamos invitados/as a dar testimonio del Espíritu de Jesús con audacia, valentía y coherencia?
Jesús sigue vivo en medio de su Iglesia. Como pueblo de Dios creemos que sigue diciéndonos: «Levantaos. No tengáis miedo».
El papa Francisco reflexionó sobre «la naturaleza de la Iglesia», que no es «una fortaleza cerrada», sino «una tienda de campaña» capaz de «agrandarse para recibir a todos»: es una Iglesia en salida, «una Iglesia con las puertas siempre abiertas».
La Iglesia es «en salida» o no es Iglesia, y está «llamada a ser siempre la casa abierta del Padre». De modo que, si alguien quiere seguir una moción del Espíritu y se acerca buscando a Dios, «no se encontrará con la frialdad de unas puertas cerradas». Es una «Iglesia-pueblo de Dios que hace de todos hermanos y hermanas: una inmensa comunidad fraternal, que toma partido a favor de las víctimas y que llama por su nombre a los causantes de las injusticias».
Es el Espíritu, añadió Francisco, quien de hecho «ayuda a superar las cerrazones y las tensiones, y trabaja en los corazones para que logren la unidad en la verdad y en el bien, para que alcancen la unidad».
«Jesús no dejó establecidas las condiciones para ser obispo o presbítero. No olvidemos que el origen concreto de los ministerios está en la Iglesia y no en Jesús (Juan A. Estrada).
Pido al Señor que refuerce en nosotros y en todos los cristianos, especialmente en los obispos y en los presbíteros, el deseo y la responsabilidad por la comunión, el diálogo y el encuentro con todos los hermanos, sin excepción, para manifestar la fecundidad de la Iglesia, llamada a ser Madre feliz de muchos hijos.
Somos vida transfigurada en la que todos/as estamos implicados.
¡Shalom!
Mª Luisa Paret
