Fe Adulta

El sábado fue hecho para el hombre

Una vez más Jesús de Nazaret, con la libertad y compasión que lo caracterizan, realiza por los caminos de Galilea, la curación de un ciego… la realiza un día de sábado y por ello es cuestionado por los escribas y maestros de la ley quienes consideran que con su actuación Jesús viola el mandamiento que lo obliga a guardar el sábado “sin trabajar”, y según dicen si no lo guarda no es un hombre de Dios.

No deja de impresionarme el ver cómo los caminos eclesiales han desvirtuado completamente lo esencial del mensaje del Maestro de Galilea. Cuántas veces han invertido su sentencia y han convertido al hombre para el sábado. Con esta conversión se vacían totalmente todos los posibles sentidos de los acuerdos, leyes o mandatos sociales… y sobre todo hay un alejamiento radical del comportamiento habitual de Jesús. El maestro no es un anárquico: No crean ustedes que yo he venido a suprimir la ley o los profetas; no he venido a ponerles fin, sino a darles su pleno valor, nos dice Mateo en el capítulo 5; pero sí tiene claro que no es imponiendo yugos como se llega a Dios. Dios -dicen los profetas y Jesús lo recoge- no quiere sacrificios, sólo quiere misericordia.

Lo esencial del evangelio no son leyes inamovibles, quizás organizaciones tan grandes como las iglesias requieran “mandatos” por escrito, pero es claro es esas leyes tiene que estar al servicio de las posibilidades y plenitud humana, y en el camino del seguimiento a Jesús tendrían que ser fundamentalmente producto de acuerdos y discernimientos comunes.

Quizás es fácil que hoy se diga que indiscutiblemente sanar la vista a un ciego no es romper el mandato de “guardar las fiestas”, sin embargo, la condena a Jesús que expresan las autoridades judías de su tiempo es bastante más fácil de lo creemos: no surge de la noche a la mañana, se despliega en cambio por acumulación de pequeños pasos de fanatismos e intolerancias. La letra mata al Espíritu cuando no se tiene un alma grande y libre capaz de moverse por el mundo evangélico con libertad intentando llegar siempre a su esencia más pura.

Si nos movemos en esa esencia, en esa fuente (como nos recordó la lectura del domingo pasado), tenemos que recordar que el mandamiento grande de Jesús de Nazareth es el ámense unos a otros como yo los he amado. Si todas las personas que nos llamamos seguidoras de Jesús cumpliéramos ese mandato… el mundo sería bastante diferente. Pero lo hemos ahogado y asfixiado en medio de papeles, legislaciones, pecados y condenas que la mayor parte de las veces no tienen sentido. No al menos en los términos de la buena noticia del niño de Belén.  

Cuando Jesús nos recuerda: el sábado ha sido hecho para el hombre, nos está invitando a la libertad, nos está llamando a un Espíritu abierto que no se deje esclavizar ni esclavice a nadie por cumplir una ley. La iglesia (asamblea de seguidores del Maestro) tiene que organizarse desde otros parámetros que no subyuguen, que no castren, que no nieguen la capacidad de crear, de buscar, de pensar… Sanar la vista siempre estará por encima del cumplimiento de un ritual; las formas concretas del amor siempre estarán por encima de las reglas que se atraviesen en el camino. Y esto se hace especialmente cierto para las mujeres a quienes la iglesia ha impuesto más yugos que a los varones.

Que esta invitación de Jesús nos lleve a una mayor y más profunda comprensión de su fuente de vida.

 

Carmiña Navia Velasco

Tercer Domingo de Cuaresma

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