Fe Adulta

Sentido, felicidad, humanidad

Juan 11, 1-45

«Yo soy la resurrección y la vida»

Tras el signo del Agua (la samaritana) y el signo de la Luz (el ciego de nacimiento), Juan nos ofrece hoy el tercero de sus tres grandes signos, la Vida (Lázaro)… Todo ello muy elevado, muy docto, muy inaccesible para la gente, y por eso, quizá sea ésta una buena ocasión bajar de la estratosfera de Juan y preguntarnos por el sentido de nuestra vida, ya que ésa es la pregunta clave para caminar por ella: ¿Hemos sido arrojados al mundo sin referencias ni finalidad alguna… o nuestra vida tiene sentido?

Tradicionalmente, el ser humano ha buscado el sentido de su vida en Dios. Quien practica una religión sostiene que tenemos un destino marcado por Dios, y desde esta óptica se puede afirmar que la religión es un cauce para encontrar en Dios el sentido de la vida. Pero la cultura actual ignora a Dios, convierte la esperanza de encontrar más vida después de la muerte en superstición, en refugio de los débiles incapaces de aceptar la realidad, y esta nueva forma de concebir las cosas invita a unos a pasar por la vida sin preguntarse siquiera qué pintan en este mundo, mientras que a los más inquietos les mueve a buscar algún sentido a su existencia fuera de Dios.

El reto de dar un sentido profundo a una vida sin Dios y con muerte no es trivial, y el principal obstáculo es la propia muerte convertida así en lo más terrible, lo más absurdo… en el fracaso definitivo. Pero a pesar de esa dificultad, sabemos que hay personas capaces de hallarlo (y a lo largo de la vida nos hemos encontrado con muchas de ellas), pero tenemos la impresión de que una gran mayoría de mortales es incapaz de hacerlo y que su única salida es banalizar su existencia; sobrenadar la vida sin osar sumergirse de lleno en ella.

En cualquier caso, la pregunta es: ¿dónde buscar? ¿en Dios… fuera de Dios?…

La respuesta está en un hecho evidente, y es que hay personas que buscan el sentido de su vida en Dios y fracasan, y las hay que lo buscan fuera de Dios y también fracasan. Y esto nos lleva a formular una conclusión clara: Si convenimos que la esencia de lo humano es la “humanidad” (entendida ésta como esa actitud que nos mueve a identificarnos con los que sufren y comprometernos con ellos), la única forma de dar sentido a la vida será a través de su práctica. Y esto puede ser independiente de las creencias o increencias de cada uno, pues cualquier actitud vital que crea humanidad es portadora de sentido, y cualquiera otra que no lo haga provocará un vacío imposible de llenar con actividades mundanas o con prácticas religiosas.

Entonces ¿cuál es la diferencia?… Pues la diferencia está en que la capacidad de la religión para motivar a comportamientos humanitarios es muy superior a la del mundo. De hecho, la praxis de Jesús se asienta en el amor fraterno; en la humanidad, y entre sus seguidores encontramos esa enorme y bienintencionada multitud de gente que ha construido lo mejor del género humano.

Termino. Debo confesar que no entiendo a Juan cuando dice que Jesús es la “resurrección y la vida”. Prefiero pensar que Jesús es “el que da sentido a mi vida”.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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