Fe Adulta

El personaje muere; lo que somos vive

Domingo V de Cuaresma

22 de marzo

Jn 11, 1-45

Es claro que todo lo que aparece, en algún momento desaparecerá. Todo lo que nace, muere. Una de las trampas en que solemos caer los seres humanos es la de otorgar valor absoluto a lo que es impermanente. Por eso sufrimos cuando se desmorona o evapora algo a lo que nos habíamos apegado. Pero la ley que rige el mundo de las formas es taxativa: toda forma es impermanente. Y todo lo impermanente, antes o después, terminará desapareciendo.

Tal constatación nos lleva a preguntarnos: ¿qué es lo único que permanece en ese mundo de cambios constantes? Y la respuesta solo puede ser una: permanece aquello que trasciende el mundo de las formas. Lo único que no muere es aquello que nunca nació.

A eso se refieren todas las tradiciones sapienciales cuando hablan de trascender la muerte, aunque hayan utilizado “mapas” diferentes para expresarlo: inmortalidad, reencarnación, resurrección… Esto son solo mapas. Lo importante es aquello a lo que apuntan: hay en nosotros “algo” que trasciende las formas y, por tanto, la impermanencia. Hay en nosotros “algo” no nacido. Y eso es lo único realmente real, nuestra identidad profunda, más allá de la personalidad histórica.

Esas mismas tradiciones se han referido a ese “algo” con expresiones distintas. De modos diferentes, han dicho que “solo hay Ser”. Y que todo lo que aparece no es sino manifestación de ese Ser único. Por lo que, lo que somos es uno con todo lo que es. Eso que es -eso que somos- es lo único no nacido; es, por tanto, lo único que no muere.

Y eso que somos se nos revela en el silencio de la mente, porque es aquello que queda cuando el pensamiento se calla.

 

Enrique Martínez Lozano

(Boletín semanal)

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