Jn 20, 1-9
«Entró también el otro discípulo… vio y creyó»
Los textos de la pasión y la resurrección coinciden entre sí hasta el momento en que las mujeres encuentran la losa removida y el sepulcro vacío, pero a partir de ahí son tantas las discrepancias que presentan, que sólo son entendibles asumiendo que la intención de sus autores no es describir hechos, sino expresar una experiencia que cambió la vida de aquellos hombres y el rumbo de la humanidad.
No obstante, quizá convenga advertir que las discrepancias son circunstanciales, pues los cinco relatos participan de tres elementos comunes que constituyen el fondo del mensaje. El primero, la misión, el segundo, la efusión del Espíritu y el tercero, la exaltación de Jesús a la derecha del Padre. Ahora bien, desde nuestra perspectiva de personas destinadas a morir, quizá lo más importante para nosotros sea la afirmación unánime de que Jesús se muestra vivo tras la muerte.
Y nuestra tendencia natural es a dudar, pero dentro del simbolismo de los textos, encontramos un hecho histórico indudable que no tiene explicación sin mediar una experiencia extraordinaria capaz de remover el ánimo de aquellos hombres hasta extremos inconcebibles. Se trata de que poco después de haber salido de Jerusalén aterrorizados por miedo a las autoridades judías, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe por este hecho, aquellos hombres se presentan de nuevo en el Templo afirmando, y empeñando su vida en ello, que lo han visto vivo después de su muerte y han recibido de él una misión; «Jesús de Nazaret … entregado y muerto en la cruz por vosotros por medio de hombres sin Ley … resucitó después de soltar las ataduras de la muerte … y nosotros somos testigos de ello»… dice Pedro en Hechos (2, 23)…
«Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe»… dice Pablo en la primera carta a los Corintios. Dicho de otro modo, si no creemos en el testimonio de aquellos testigos que aseguran haber visto a Jesús vivo después de la muerte, nuestra fe está coja, es incompleta, equiparable a la del discípulo amado antes de entrar en el sepulcro vacío: «Entonces entró también el otro discípulo … vio y creyó».
En la homilía de una misa funeral celebrada en Pamplona, Ruiz de Galarreta expresó la esperanza de más vida tras la muerte de este modo:
«La muerte es lo más seguro de nuestra vida. Día tras día se nos van muriendo amigos, conocidos, parientes, desconocidos. La muerte es lo normal, pero la sentimos siempre como lo más inesperado, lo más terrible, lo más absurdo… Y tenemos razón, porque no nos hizo Dios para morir sino para vivir. No existe la muerte. Existe este modo de vivir al que llamamos vida aunque no merece ese nombre, y la VIDA, con mayúsculas y sin muerte; la casa del Padre donde se nos espera a todos. He dicho a todos, porque el que nos ha puesto en la vida no puede fracasar. Si dependiera de nuestro amor, no se nos morirían los seres queridos. Al Amor todopoderoso no se le muere ningún hijo. Al Buen Pastor todopoderoso no se le pierde ninguna oveja… Creados para la vida, en manos del amor todopoderoso. En buenas manos».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
