Jn 13,1-15
Para quienes vivimos en países del área mediterránea las comidas que Jesús compartía con sus discípulos u otras personas se nos hacen muy cercanas. La mesa compartida es uno de los espacios de mayor disfrute y vinculación con los demás. Nos posibilita el diálogo y la escucha serena, la intimidad y la atención cuidadosa. Es espacio de familia y amistad, de hogar y descanso. Celebramos la vida en torno a una mesa: cumpleaños, bodas, fiestas importantes… y muchas de las noticias relevantes se dan en torno a ella.
A Jesús se le conoció −entre otras cosas− por su modo de estar en la mesa (cf. Mt 11,19), por sus elecciones de con quién la compartía (cf. Mc 2,15-17) y por su capacidad de ensancharla hasta tal punto que muchos pudieran disfrutar y alimentarse sin tener en cuenta género, raza o cultura (cf. Mt 14,13-21; 15,21-28;32-39). También utilizaba la mesa compartida en sus parábolas y enseñanzas (cf. Mt 8,11; 22,1-14; Lc 14,15-24) para dejar claro que todos tenemos un sitio junto a Él y, especialmente, los descartados y empobrecidos. No en vano era heredero de una tradición en la que estaba presente la idea del banquete como metáfora del reino mesiánico ofrecido a todas las naciones (cf. Is 25,6-10).
Por todo ello comprendemos bien que Jesús eligiera una mesa compartida para anunciar a sus amigos algo tan crucial como su fin inminente y para dejarles sus últimas palabras, su “testamento”. Escogió una mesa sumamente simbólica, la de la Pascua, aquella en la que se recuerda la Historia de Salvación, la presencia continua de Dios en medio de su pueblo, atravesando con su liberación el sufrimiento y la esclavitud en la que se hallaba.
Jesús, nos dice Juan, sabía “que había llegado su hora” y “que el Padre había puesto todo en sus manos, que procedía de Él y a Él volvía” (Jn 13,1.3). Y ante la certeza de su inminente partida, les y nos deja no solo una enseñanza final, sino su propia vida, entregándola con infinito amor, en unos símbolos cotidianos que nos acompañarán ya siempre desde la sencillez: en el Pan y en el Vino que bendice y comparte con sus amigos.
La radicalidad de su entrega en la cruz, que vivirá horas después, se prefigura ya en el pan partido y el vino derramado, pero también en el gesto que el evangelista Juan relata con detalle: en el abajarse y ponerse de rodillas delante de cada uno de los discípulos, en el agua que vierte sobre sus pies, en la toalla con la que los seca…
Hoy es día para hacer silencio y contemplar la escena. Todos sabemos de lo subversivo de ese gesto. Él, el Señor, el Maestro, ¡el Mesías esperado!, se pone en pie, se ciñe una toalla a su cintura, coge un lebrillo con agua y se pone delante de cada uno de sus discípulos a lavarle los pies, una labor reservada al siervo o a la mujer y, por tanto, considerada deshonrosa en manos de un varón honorable. Pero Él, que se había dejado enseñar sin prejuicios ni defensas por las mujeres[1], lo lleva a cabo con la misma ternura entrañable con la que lo recibió tantas veces. Así, se dirige a cada discípulo, uno a uno.
También se pone delante de mí.
Ese gesto no se aleja de sus enseñanzas: “no he venido a ser servido, sino a servir” (Mt 20,28), “quien quiera ser el primero, sea el último, el servidor de todos” (9,35)…, pero verle ahora así, arrodillado ante mí, cogiéndome los pies con cariño, lavándolos, secándolos… ¡me conmueve! Con ello me muestra su amor, capaz de llegar hasta el extremo, anticipando la donación total que en la cruz llevará a cabo. Me conoce, sabe bien de mi amor por Él, pero también de mis fallos, limitaciones y miedos. Su mirada me recompone del susto y la incomodidad, y la experiencia de saberme tan profundamente amada/o me fortalece. Aumenta mi deseo de abrazarle, de ponerme junto a Él, de seguirle hasta las últimas consecuencias.
Sí, es a ti, Señor del lebrillo y la toalla, a quien quiero seguir. A ti, Señor que te abajas y tocas nuestro polvo y nuestra miseria, que nos miras y miras al mundo desde la perspectiva inversa a la que nosotros anhelamos. A ti, Señor que te pones de rodillas ante nosotros.
Sé que, haciendo esto, me confirmas tu amor y tu perdón, me haces libre de aquello que impide que despliegue todo mi potencial para colaborar en tu Reinado. Pero sé también que, con él, me muestras que seguirte no es solo comer contigo, escucharte o rezar… es hacer lo mismo que tú, es disponer mi vida a un servicio radical por amor.
En estos días en los que el dolor crece en nuestro mundo, en el que los medios de comunicación nos acercan imágenes de mujeres y hombres arrodillados ante un ser querido herido o asesinado, que tu gesto de ternura y compasión me mueva a sembrar mi pequeña semilla de paz, reconciliación y amor. Que, en lo concreto y cotidiano, encuentre el mejor modo de abajarme, ponerme de rodillas y servir con amor como tú, Señor del lebrillo y la toalla.
Inma Eibe, ccv
[1] Recordamos su conversación con la mujer cananea en Mt 15,21-28, o el modo en que acogió a María, la de Betania, cuando ella le ungió los pies con perfume en Jn 12,1-11.
