Fe Adulta

Creer sin datos

El pasado Domingo de Pascua (Jn 20, 1-9) primero de la Pascua, María Magdalena “echó a correr a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo a quien Jesús amaba, (tú, Juan, el que nos lo cuentas), porque “se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. ¡Alarma total!

Ellos inmediatamente se pusieron a correr. El más joven llegó primero, miró, “se inclinó y vio los lienzos tendidos; pero no entró”. Dejó que llegara Pedro, quizás por respeto o cierto miedo. Pedro llegó, entró y reconoció lienzos y sudario. Y Juan se decidió a entrar e inmediatamente, dice el texto “vio y creyó”.

“Vio y creyó”, estos dos verbos me han retado deambulando por mi cabeza. He vuelto a recordar lo terrible que debió ser para Jesús darse cuenta de lo perdidos que estaban sus discípulos; después de haber vivido tantas cosas impresionantes con él. El esquema mental de sus cercanos era como una jaula en donde tenían encerrados sus anhelos, sus seguridades, sus deseos, sus expectativas… ¡qué frustrante!

¿En qué se sustenta la Fe? Ya veremos. Quizás la auténtica Fe no es un tema de visión sino de Amor, un Amor que lleva a creer sin datos.

En este segundo Domingo de Pascua (Jn 20, 19-31), el miedo mantenía las puertas cerradas; el desconcierto y abatimiento de los discípulos era extremo. Pero tres palabras “Paz a vosotros”, acompañado del gesto de enseñar las manos y el costado, llenó sus corazones.

Jesús sabiendo que necesitaban refuerzos repitió: “Paz a vosotros”; añadiendo lo que es un envío, una misión: “Como el Padre me ha enviado así también os envío yo”. Madurarían con la ayuda imprescindible del Espíritu Santo.

Pero faltaba uno, Tomás que no estaba junto a los demás y, por mucho que se esforzaran en hacerle comprender que Jesús se había hecho presente y les había llenado de alegría, no hubo manera: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo”. Tomás debía tener muchas heridas internas y todo lo pasaba por la cabeza sin dejar que lo importante pasara por el corazón. Es duro, debía sufrir mucho.

De nuevo escucharon el saludo: “Paz a vosotros” y la mirada de Jesús directa a Tomás: “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

Imaginemos la cara y galope del corazón de Tomás. Sólo pudo decir con toda radicalidad: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “¿Porque has visto has creído?” Bienaventurados los que crean sin haber visto”. Y volvemos al dilema de “ver y creer” o “creer sin ver”.

En el tiempo de Jesús muchos le tuvieron delante: judíos -el pueblo escogido- al que creía que debía dirigirse; gentiles que, aún sintiéndose fuera de contexto por el rechazo histórico de Israel, al escucharle siguieron también a Jesús; extranjeros que venían de lejos a escucharle cuando el mensaje de Jesús iba expandiéndose de boca en boca; y hasta romanos (poder imperialista e invasor) como el centurión del que Jesús dijo: “Os aseguro que en Israel no he encontrado a nadie con una fe tan grande” (Mt 8, 5-13).

Muchos tuvieron la suerte de verle y escucharle en persona. Nosotros, no.

Las palabras de Jesús, “bienaventurados los que crean sin haber visto”, es una cuestión que nos atañe directamente; y como somos tan humanos y predecibles como todos los que le conocieron y le escucharon, en temas de Fe, seguimos pidiendo signos, datos y seguridades. Sobre todo, en el tiempo que vivimos, donde la Fe no se comprende y la confianza tampoco.

Cerremos los ojos y creamos confiados en lo que Dios hace por nosotros.

 

Mari Paz López Santos

II Domingo de Pascua

FEADULTA 12 abril 2026

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