Domingo de Pentecostés
24 de mayo
Jn 20, 19-23
El miedo nos acompaña desde el momento mismo del nacimiento, como bien supo expresar el filósofo Thomas Hobbes: “El día que yo nací, mi madre parió gemelos: yo y mi miedo”.
Todo ser limitado es vulnerable. Y todo ser vulnerable siente miedo. El miedo no es sino la otra cara de la necesidad. Por lo que no puede haber un ser necesitado que esté libre de él.
Como todo sentimiento o emoción, el miedo es portador de información: muestra cómo nos encontramos en un momento determinado. Y, a la vez, constituye un desafío para gestionarlo de manera constructiva.
La gestión adecuada del miedo, como la de cualquier otro sentimiento, empieza por la aceptación, reconociéndolo en nosotros, haciéndole espacio y aceptando su presencia. Una vez aceptado, me pregunto qué tiene que decirme. Me acojo con él, abrazando la vulnerabilidad de la que nace, sin reducirme a él —siempre somos más que nuestro miedo— y me abro a percibir, en mí, el fondo de paz, de quietud y de confianza que me sostiene en todo momento.
Cuando es repetitivo y desproporcionado, el miedo indica que hay en nosotros un niño o una niña que reclama nuestra atención y nuestra acogida amorosa. Solo acogiéndolo/a, viviendo el encuentro con él/ella, será posible anclarse en la paz de fondo.
Enrique Martínez Lozano
(Boletín semanal)
