Para comer, lo primero que necesitamos es tener hambre y hacernos cargo del hambre de los demás. Es conveniente, decir que es diferente y no podemos confundir, el hambre con las ganas de comer. Porque la verdadera hambre es aquella que nunca se sacia con cualquier cosa. Las ganas de comer y la fatiga del estómago, lo disimulamos fácilmente a base de picoteo, las golosinas o de comida chatarra.
El libro del Deuteronomio salpica nuestra realidad en la historia del pueblo de Israel que camina hacia la libertad que tuvo que pasar por un desierto lleno de peligros, dificultades, complicaciones, incertidumbre, sobrepasando los desafíos; y no pueden olvidar como Dios los fue liberando de su hambre y de su sed a lo largo del camino que a veces se hacía interminable. Lo mismo nos ocurre a nosotros, por eso, es bueno que experimentemos en carne propia los mordiscos del hambre y que conectemos nuestra solidaridad con todos los hambrientos para poder juntos llenos de entusiasmo el único pan que garantiza la vida que es Jesús que se nos ofrece en la Eucaristía. Mientras exista la indiferencia ante el hambre en el mundo, la Eucaristía no será completa y quizá estemos haciendo un drama o show o un espectáculo para entretener público y calmar conciencias.
El drama de muchos que nos llamamos cristianos es que nunca hemos pasado hambre, y por eso, nos tragamos sin ganas el pan que nos ofrece Jesús porque tenemos el estómago lleno de muchas cosas poco saludables que inflan nuestra tripa y la llenan, pero no nos alimenta. El filósofo Ludwig Feuerbach dijo que: nosotros somos lo que nos comemos. Línea que han seguido algunos nutricionistas.
Por eso, el Dios de los excluidos de la tierra ha querido vincular su presencia al pan que es el alimento de supervivencia de los mas pobres. En un bocado tan diminuto como una piltrafa de pan está el puede devolvernos la esperanza de alcanza con creces nuestros más grandes anhelos de vida y libertad.
Jesús nos enseña a vaciarnos de todo lo superfluo para poder estar cerca de los seres humanos mas vulnerables, los mas golpeados, los de la vida partida porque es precisamente allí, donde Jesús es pan. En la eucaristía es donde él se entrega partido y repartido, generando en nosotros la misma dinámica de compartirlo todo, entregándonos y donándonos.
A Cristo lo reconocemos en el cuerpo sacramental del pan y el vino que se consagra en la Eucaristía, pero no podemos olvidar que el cuerpo de Cristo también son los pobres; pues fue Él mismo quien dijo: “tuve hambre y no me diste de comer…” siguiendo a San Juan Crisóstomo que hace un reclamo frente a tantos que adornan la superficialidad externa abandonando la esencialidad del corazón; colocando manteles, cortinas, telones, calices llamativos, copas y copones de alta clase adornando templo, sagrario y altar; pero olvidando a Cristo en el carente, sufriente, necesitado, en el pobre… si se nos dificulta reconocer a Cristo en lo próximo, en lo cercano, en lo que esta al frente de nuestras narices, será imposible y difícil reconocerlo una piltrafa de pan; cuando queremos honrar a alguien, debemos pensar en el honor que a él le agrada, no en el que nosotros nos place. Por eso, el mismo Cristo lo sigue manifestando: “lo que hiciste con uno de estos mis pequeños lo hiciste conmigo”. Dice nuevamente San Crisóstomo “el don dado para el templo puede ser motivo de vanagloria, la compasión con el pobre, en cambio, solo es signo del amor y la caridad. ¿de qué serviría adornar la mesa de Cristo con vasos de oro, si el mismo Cristo muere de hambre? ¿De qué serviría cubrir el altar con lienzos bordados con hilos de oro, cuando le niegas al mismo Señor el vestido necesario para cubrir su desnudez? De ahí la incoherencia de adornar el pavimento, las paredes y las columnas del templo y no conmoverse ante el Cristo errante, peregrino, necesitado de la solidaridad.
Abre los ojos para ver y sentir las realidades del hermano necesitado antes de adornar los mausoleos y ser calificados por el mismo Cristo, de sepulcros blanqueados, veamos que es aquello de los mordiscos del hambre; nadie es condenado por omitir el templo, en cambios no hay reconocimiento del Señor para aquellos que olvidaron al pobre. Abre los oídos para escuchar el rugir, el clamor de las tripas necesitadas de Dios y tu solidaridad.
Julián Bedoya Cardona
