Fe Adulta

Tomar la cruz

Mt 10, 37-43

«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí»

El mundo me dice que seré feliz si soy rico, si tengo poder o prestigio social, si no me dejo avasallar, si soy más listo que los demás para los negocios, si voy de diversión en diversión, si no me meto en líos, si no me insultan ni me persiguen… El mundo me asegura que lo inteligente es vivir buscando esos valores y que lo demás es tirar la vida.

Jesús en cambio me propone un código de felicidad totalmente distinto: ¿Quieres ser feliz…? –me dice–, pues confórmate con poco, comparte lo que tienes con los que no tienen, aprende a sufrir, di siempre la verdad, no seas violento, trabaja para que prevalezca la justicia, no trates de aprovecharte de nadie… y no te preocupes si te insultan y te persiguen por ello, pues a la larga serás mucho más dichoso.

No puede haber dos formas más distintas de encarar la vida, y por eso, quien decide abrazar los criterios de Jesús –y lo hace de verdad– debe estar dispuesto a nadar permanentemente contracorriente; a ser motivo de escándalo. Debe aceptar –si lo hace de verdad– el desprecio de una sociedad implacable con los disidentes; la censura sorda; la etiqueta de ridículo, trasnochado o pueril. Debe tomar su cruz.

Y esto sólo cuando su forma de vivir no se considera peligrosa, porque si molesta demasiado, la crucifixión puede ser más real. Sin tener que remontarnos casi nada en la historia, recordemos que Mohandas Gandhi, Martin Luther King, Ignacio Ellacuría, Cesar Arnulfo Romero y tantos otros, causaron escándalo y fueron crucificados.

¿Y por qué son tan peligrosos para el mundo si lo que promueven es el amor, el servicio, la paz y la concordia?… Pues porque la inhumanidad es tan poco consistente que no puede tolerar la luz de la humanidad; tiene que destruirla porque ante ella se siente ridiculizada y puesta en evidencia. Por eso Jesús produjo gran escándalo y fue crucificado en una cruz. Por eso los cristianos de las primeras comunidades fueron perseguidos y martirizados. Por eso otros muchos cristianos siguieron sus pasos a lo largo de la historia tanto en el testimonio como en el martirio.

La misión que tenemos encomendada quienes nos consideramos seguidores de Jesús consiste justamente en hacer patentes esos criterios con nuestra forma de vivir, es decir, en hacer patente que es posible otra forma de concebir la vida para encauzar a la humanidad con rumbo a la plenitud; al Reino. El problema es que trabajar por el Reino siempre ha producido escándalo, y si nosotros, los delegados de Jesús para promoverlo, no causamos escándalo ni somos perseguidos por ello, es que algo muy serio está fallando.

«El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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