12 de julio de 2026
La Palabra siempre viene en nuestra ayuda para hacerla más cristiana, más humana.
Se dice en la parábola del sembrador que una parte de la semilla cayó en terreno pedregoso y COMO LA TIERRA NO ERA PROFUNDA…SE SECÓ. Para fructificar, la Palabra necesita profundidad. En la mera superficie, la Palabra se agosta.
No lo dudemos, el mayor enemigo de la persona no es, como se decía en el viejo catecismo, el demonio, el mundo y la carne. Nuestro mayor enemigo es la superficialidad. Todo lo enfocamos sin profundizar y, con ello, lo banalizamos, lo empobrecemos, lo confundimos. Ser superficial es muy fácil (es el “Dónde va Vicente, donde va la gente”), pero nos hace vulnerables. Ser profundo es costoso, pero nos fortalece.
De ahí que, como dicen algunos pensadores, una tarea urgente de la persona de hoy es recuperar la dimensión de la profundidad. Y sabemos, desde antiguo, cómo se hace eso: leer algo, rezar algo, no temer pasar un rato en silencio, contemplar la naturaleza, hablar con otra persona sosegadamente, acudir a alguna conferencia, etc.
El tiempo de verano puede ser un tiempo de superficialidad o también de recuperación de la profundidad. Leamos algún libro, paseemos, hablemos con familiares y vecinos matizando las cosas, tengamos momentos de silencio en la iglesia o en casa, recemos con paz. Si profundizamos entenderemos más fácilmente el abrazo que Dios da a nuestra vida.
