19 de julio
Mt 13, 24-30
Tal vez porque la mente es, por su propia naturaleza, dualista —ve la realidad como una suma de objetos separados—, los humanos tenemos tendencia a dividir la realidad en dos bloques contrapuestos: yo / los otros, buenos / malos, verdad / mentira, vida / muerte… Al hacer así, convertimos la polaridad —que es complementariedad— en dualidad o contraposición irreductible. A partir de ahí, se abre camino el enfrentamiento y la lucha en todos los niveles, sostenidos por un conflicto interno, que nace justamente de aquella equivocada lectura mental.
Quizás, el mejor modo de desenmascarar el error sea reconocer que las fronteras que delimitan el “trigo” de la “cizaña” —por tomar la metáfora que propone el evangelio— no son externas, sino internas. No existe el “trigo” al margen o separado de la “cizaña”, de la misma manera que, en nuestra vivencia cotidiana, no hay bondad sin maldad, ni verdad sin mentira. No hay “buenos” y “malos”, a los que nuestra mente etiqueta según sus propios estereotipos. Todos nos debatimos entre bondad y maldad, entre verdad y mentira, entre “trigo” y “cizaña”.
Todo planteamiento dualista, antes o después, revela su falsedad, así como sus consecuencias funestas, en forma de juicio, descalificación del diferente, enfrentamiento, condena y castigo. Si miramos bien, advertiremos que todos ellos no son sino mecanismos de defensa que solo buscan sostener y fortalecer el propio yo, erigido en juez.
El motivo que explica su falsedad es fácil de reconocer: la realidad, siendo polar, es no-dual. Es solo una —“solo hay ser”—, desplegada en infinidad de formas. La mente es dual porque se queda meramente en las formas aparentes, incapaz de percibir el Fondo, único y compartido. Al contemplar ese Fondo, toda la mirada al mundo de las formas queda radicalmente modificada. Vemos lo mismo que antes, pero lo vemos de otro modo, porque estamos mirando desde otro lugar.
ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO (Boletín semanal)
