Fe Adulta

Sin contemplaciones

La enseñanza moderna se orienta a instruir, impartir tecnología y saberes prácticos, con la única mira de incrementar la competencia para fabricar mercancías vendibles y de corta vida, que hay que favorecer la rotación y cuánto antes se averíen los productos, antes se vuelve a vender la siguiente generación. Se trata de estar en el ir. Es como el mito del eterno retorno, pero en zapatillas. En todo caso, sólo interesa el “homo faber”, fabricante de lo perecedero y, si es efímero, mejor; es decir, un infatigable operario de la nada, que vende a precios caros.

En sentido inverso, el sistema educativo prescinde de las Humanidades. No son útiles, se alega como justificación. Quieren decir: “no producen objetos de mercado”. Y llevan razón. Las Humanidades, es decir, los saberes de phrónesis, se orientan a formar sujetos: personas integradas, con criterio, que saben pensar y tienen autonomía de pensamiento; saben sentir y gestionan con eficacia sus emociones; saben estar ante el otro, con un desarrollo pertinente, o decente – de decet- de su inteligencia social y garantizan una convivencia armónica.

La Historia es “magistra vitae”, dijo Cicerón. Pero, hoy, la asignatura o es una “maría”, o tribuna para adoctrinar nacionalistas. Interesa que los pueblos sean ignaros y repitan, una y otra vez, la misma historia; que a río revuelto, ganancia de pescadores y siempre hay quienes están con los garlitos dispuestos. No conviene, pues, el magisterio de la Historia.

La Filosofía, el amor al saber por el saber mismo, interesa aún menos, porque enseña a pensar. En la historia de la Filosofía, y por cada vericueto de la Metafísica, la Cosmología, la Ética, o la Teodicea, hay que andar con los pies de plomo de la Lógica y la Crítica, pensando con método y rebatiendo ideas ajenas, con la Dialéctica a cuestas. Con esos ingredientes, los votantes estarían muy bien pertrechados, hasta sabrían lo que es una restricción mental y resultaría imposible engañarlos. Está claro, por qué no conviene esta disciplina.

La Gramática y Literatura, de cualquier idioma, se agotan con enseñar lo suficiente para redactar los WhatsApp, con faltas de ortografía y en siglas por abreviar, que el tiempo ha de aprovechar para estar en el ir, en el ir y venir, que hay que andar sin parar, y venga consumir. Creo que me ha salido una mala sextilla, y así la dejo, con permiso de Jorge Manrique.

El grado cultural de un universitario de hoy da pánico. Su curriculum académico ha sido tan castrado, que el océano de su ignorancia deja en charco la insignificancia de sus saberes…, técnicos, eso sí. Ello implica que la sociedad se queda sin “NOUS”, la inteligencia colectiva, el espíritu superior que inspira a la sintalidad, o personalidad común.

Un operario que hace por hacer, y sin cabeza, sin el “nous” espiritual que dé sentido a su vida, puede ser pieza de barricada, mendrugo para una revolución, incluso cruenta. A mi juicio, no estamos ante una coyuntura crítica, local y aislada. Pero, ¡quia! No hay cuidado. Las revoluciones pertenecen al pasado. Ahora, como en todo final de civilización, gobierna un epicureísmo de vientre y bajo vientre, agregado al condicionamiento neutralizador de cualquier intentona. Este condicionamiento es la novedad.

Todas las revoluciones que se han presentado en el mundo, han sido apadrinadas por la burguesía. Burgueses liberales apadrinaron la Primera Revolución Industrial en Inglaterra, mediado el siglo XVIII. Burgueses ilustrados, ya a finales del XVIII, engendraron la Revolución francesa, de la que aún dependemos. Los bolcheviques y mencheviques, que tenían de todo, (menos el control de los soviets), ya entrado el siglo XX, asestaron el golpe a la injusticia zarina, con la Revolución de Octubre, y la segunda revolución, más proletaria, dejó intacta la propensión dictatorial de la idiosincrasia rusa, tan bien descrita por Dostoyevski en su novela Hermanos Karamázov. Fue otra forma de estar en el ir, con sentido circular.

Todos los revolucionarios han sido gentes del burgo, clase media, menestrales del trabajo y del esfuerzo de superación, que se hacían a sí mismos, y entre sí, con solidaridad gremial y comunión de intereses. Esos valores les permitieron encumbrarse en una superioridad moral sobre los déspotas: la aristocracia de sangre y la clerecía, más o menos nepotista según lugares y épocas.

Laboriosidad, afán de superación, comunión con el otro…, son términos trasnochados. Nuestro mundo va a no importa dónde, viene cargado de fotografías inútiles y se rige por valores como el menor esfuerzo, el ocio sestil, el hedonismo inmediato y el individualismo rampante. Tales herramientas, no aportan nada nuevo a los finales de civilización.

Pero tampoco hay esperanzas de revolución burguesa que regenere el tejido social, porque las ideas están exiliadas. No hay “Nous”. Y el despotismo actual lo ejecutan los mercados, que producen tanta alienación como condicionamiento: incremento de rentas y ganancias, sea cual sea el coste y el procedimiento para obtenerlo. La ingeniería financiera es la liturgia decente, la cara bonita del lavado del dinero, que también viene y va, busca su metamorfosis en cada viaje y deja coimas y comisiones diversas; es decir, condiciona, en sentido de Pavlov.

Detrás, el trabajo más sucio lo hace la corrupción, la termita de la sociedad, que, desde la cúspide a la base, va horadando toda la estructura, dejando carcoma moral, inconsistencia social y vacío existencial. Reyes y familiares, albañiles y electricistas, políticos, jueces y policías, peones y maestros, toda la sociedad está condicionada pavlovianamente y se postra de hinojos ante el poder del dinero. Como no hay “nous”,el criterio emergente es tener, tener más, acrecentar posesiones, para seguir en el ir, sin flaqueo alguno en la ambición. Y cuánta más, tanto más vacío condicionante y enajenación.

Utilizo la palabra “enajenación”, o el sinónimo “alienación”, para referirme al proceso de “estar en lo otro”, en el ir por ahí fuera, hacia lo que no soy yo mismo. Cuando alguien se ensimisma, proceso contrapuesto, no sólo deja de estar enajenado, sino que acaba su peripecia de estar en el ir y se centra en lo fundamental.

A vuela pluma, se me ha escapado antes lo de “final de civilización”. Quizá, no podemos esperar humanistas burgueses, que nos ayuden a tomar consciencia del agotamiento del modelo de estar en el ir. Sin Nous, no ha lugar a la reflexión crítica. Esta vez, la inflexión será ecológica: el propio planeta será el revolucionario silencioso, que atestigüe el suicidio del sistema tecnológico y denuncie el despotismo del dinero y sus armas: la enajenación del yo y el condicionamiento materialista. El sistema de estar en el ir desemboca en la destrucción del planeta, que resiste como puede.

La modernidad está en vivir mejor con menos materia y mayor humanismo. Buscar dentro de sí el equilibrio personal, como hace cualquier organismo vivo. Educar la empatía hacia los otros, inculcando respeto y cooperación con los demás, que permita mantener la convivencia, por encima de fronteras políticas e ismos ideológicos. Respetar los límites del planeta, sus ciclos y evolución, como un bien sagrado, que no nos pertenece.

 

Francisco Massó

El Imparcial

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