Miércoles de la 2ª semana de adviento (Mt 11,28-30)
En aquel tiempo, Jesús dijo: Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.
¡Podré cargar con un yugo y encontrar descanso!
La propuesta es desconcertante y no es nada fácil entender bien su significado. Incluso se podría interpretar como una desfachatez. Y efectivamente, interpretado desde nuestro ego, es decepcionante. Nadie acepta de buen grado echarse una carga sobre los hombros.
Lo que todos esperamos siempre es que nos quiten de la espalda los yugos. La salvación que esperaban los judíos y la que esperamos nosotros es que nos quiten todo aquello que nos molesta desde el punto de vista biológico o psicológico. Así no hay salida posible.
Hay pesos físicos que liberan espiritualmente y hay pesos espirituales, es decir psicológicos, que nos hunden en la miseria. Lo que el falso yo considera insoportable puede ser auténtica liberación para nuestro verdadero ser. Lo que mi ego considera un triunfo puede ser una ruina para mi espiritualidad y mi verdadero ser.
Mi falso yo busca lo cómodo, lo que me agrada, lo que menos me cuesta, lo que me da placer. Pero todo eso puede ir en contra de tu verdadero ser y en vez de liberarte te hace esclavo. Ir a Jesús sería descubrir en él lo que le liberó y hacerlo nuestro para que nos libere.
Liberarse de sí mismo es la tarea más difícil que se puede plantear a un ser humano. A menudo buscamos liberación de los yugos externos pero no nos damos cuenta de que el mayor enemigo de nuestra libertad somos nosotros mismos. Debemos estar muy alerta.
Fray Marcos
