Miércoles de la 11ª semana (Mt 6,1-6.16-18)
Cuando des limosna, no vayas tocando la trompeta, como hacen los hipócritas, con el fin de ser honrados por los hombres; os aseguro que ya han recibido su paga. Tú, cuando des limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha. Cuando reces, entra en tu cuarto, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido. Cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará.
La peor vanagloria es la espiritual
Hacer el bien para que nos lo reconozcan y aumentar nuestro prestigio ante los demás, es la peor de las actitudes religiosas. Y sin embargo es un veneno que se inocula en las más profundas prácticas espirituales.
La oración ritual era una práctica obligatoria para todos. Los religiosos (fariseos, sacerdotes, saduceos, escribas) tenían una obligación más radical. Hacerla en público era el modo de ganarse la admiración de la gente sencilla.
La limosna era otra de las prácticas más valoradas por la religiosidad oficial. Hacerla en público y con grandes alharacas era otro modo de aparentar ser mejores.
El ayuno era otra de las prescripciones más difíciles de la Ley. Los fariseos, tan escrupulosos, si estaba mandado un día a la semana, la hacían dos para asegurarse bien. Como era difícil hacerlo ver, tenían que escenificarlo.
En los tres casos la exigencia de Jesús desborda la religiosidad de todos los tiempos. Nos invita a una vida interior que va más allá de todos los ritos, dogmas y leyes.
Desde la perspectiva de Jesús solo tiene valor lo que desde dentro me hace más humano. Es lo que le dijo a la Samaritana: adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.
Fray Marcos
