Fe Adulta

2 marzo

Sábado 2ª semana cuaresma (Lc 15,11-32)

El hermano menor le dijo al padre: dame la parte que me toca de la fortuna. Se marchó y derrochó su fortuna. Se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan y yo aquí me muero de hambre. Vino a su padre. Lo vio, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo. El padre dijo: celebremos un banquete. El hijo mayor se indignó. Su padre intentaba persuadirlo. Nunca me has dado un cabrito para comerlo con mis amigos. Tú estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, perdido y lo hemos encontrado.

El signo supremo del amor incondicional de Dios

No sabría decir cuál de los dos hijos es más importante para la transmisión del mensaje. Al fin y al cabo el menor se dio cuenta del disparate que había hecho, pero el mayor seguía equivocado sin darse cuenta de ello.

De todas formas, el verdadero protagonista es el padre. Es el único que demuestra su calidad humana tratando a los dos con absoluta benevolencia. Quiere a los dos igual, pero necesita expresarlo claramente con el más alejado.

La carencia obliga al menor a ‘recapacitar’. En cambio la anodina vida al lado del padre había impedido al mayor alcanzar una verdadera actitud de cercanía hacia él. Ve tan normal la situación que no toma conciencia de ella.

Tomemos conciencia de que todos tenemos algo de los dos, pero estamos más cerca de la actitud del mayor, por eso es más difícil que recapacitemos para cambiar.

El objetivo es superar la postura del menor y reconocer los fallos. Reconocer que la cercanía al Padre no nos ha hecho verdaderos hijos. Convertirnos en padre es la meta.

 

Fray Marcos

 

 

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