Sábado de la 24ª semana (Lc 8,4-15)
Al sembrar. Algo cayó en el camino y los pájaros lo comieron. Algo cayó entre piedras y se secó. Algo cayó entre zarzas y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio fruto. La semilla es la palabra. El camino son los que escuchan, pero el diablo lleva la palabra. Terreno pedregoso son los que creen, pero en la prueba fallan. Entre zarzas son los que escuchan, pero, los afanes y riquezas la ahogan. La tierra buena son los que con corazón generoso la escuchan, la guardan y dan fruto.
La alegorización destroza el mensaje
No me cabe en la cabeza que Jesús se pusiera a explicar las parábolas. Precisamente las parábolas son el mejor invento para decir lo que no se puede explicar. Solo la implicación vital en el relato les puede dar sentido.
Fue el afán de pureza de los primeros cristianos, heredado de los cumplidores judíos, lo que les llevó a la trampa de moralizar los relatos originales de Jesús. No queremos enteramos de que Jesús no fue un moralista.
El punto de inflexión de la parábola está en que se siembra a boleo sin preocuparse de donde cae. El objetivo es que llegue a todos indiscriminadamente. El que caiga en un lugar o en otro no se cuestiona.
Todas las semillas tienen vigor para fructificar. Solo fallarán cuando las condiciones adversas no permitan su crecimiento. Pero su fuerza sigue siendo la misma.
La aceptación de la palabra es la única condición que no se puede suplir con nada ni nadie. Solo dependerá de la actitud de cada uno ante la siembra generosa y total.
A la generosidad de la siembra solo se puede responder con la generosidad de la aceptación y la disposición para hacer que se desarrolle. Nada más es necesario.
Fray Marcos
