Miércoles de la 3ª semana (Mc 4,1-20)
Salió uno a sembrar; algo cayó junto al camino, vinieron los pájaros y lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra y en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otro poco cayó entre zarzas; las zarzas crecieron, lo ahogaron, y no dio grano. El resto cayó en tierra buena: nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno. El que tenga oídos que oiga. En casa Jesús explica la parábola a sus discípulos.
La semilla se siembra a boleo sin distinciones
El afán por sacar conclusiones morales llevó a los cristianos a alegorizar algunas parábolas en los evangelios, desvirtuando el significado original.
La alegoría es una comparación de realidades de aquí abajo con realidades divinas. La parábola en cambio tiene un mensaje único y concreto que hace pensar. En un momento del relato se produce un quiebro rompedor.
En ésta el quiebro está en la siembra indiscriminada. A nadie se le ocurre echar semillas en un camino o entre piedras o zarzas. Pero ahí está la clave del mensaje.
La palabra llega a todos sin distinciones ni exclusiones. No se regatea en absoluto ni se le niega a nadie. La semilla se siembra a boleo. Este es el profundo mensaje.
La actitud de Dios es la misma para todos y siempre. Él toma siempre la iniciativa que no está condicionada y siembra la semilla de manera generosa y magnánima. Es el punto de partida que nos debe mover a nosotros.
Que dé fruto del 30% o el 60% o el 100%. E incluso que no dé fruto alguno no depende de la semilla sino de la actitud de cada uno. No se trata de su actitud moral sino de la capacidad de escuchar y de aceptar el mensaje.
Fray Marcos
