Jueves de la 3ª semana (Mc 4,21-25)
En aquel tiempo, dijo Jesús a la muchedumbre: ¿Se trae el candil para meterlo debajo del celemín o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero? Si se esconde algo, es para que se descubra; si algo se hace a ocultas, es para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga. Les dijo también: Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene.
En el orden espiritual todo está patente siempre
Las actitudes internas se manifiestan siempre al exterior. Puede que se mantengan ocultas durante un tiempo, incluso es posible que mantenga engañadas a muchas personas de mi entorno, pero el engañado soy yo.
En el orden espiritual las apariencias no sirven de nada. Puedo engañar a los demás, pero la actitud más íntima que me gustaría mantener oculta acaba apareciendo.
La luz o la oscuridad que hay en lo hondo de cada uno terminan por aparecer antes o después. La pretensión que todos albergamos de poder tapar nuestros trapos sucios y manifestar solo los impecables, no funciona.
La única medida de nuestro grado de humanidad es el amor manifestado. Toda otra estrategia es ridícula. Cada vez que manifestamos un auténtico amor, crece nuestra humanidad. No es preciso que nadie me lo valore.
Cada vez que manifiesto falta de amor a los demás, pierdo algo del valor humano que tengo. No necesito que nadie me castigue. En cada momento de mi vida estoy contribuyendo a mi humanidad o inhumanidad.
El intercambio de cromos es imposible. Lo que hago por los demás redunda en beneficio propio y cualquier cosa que haga en contra de los demás, será perjuicio para mí.
Fray Marcos
