Fe Adulta

24 septiembre

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Jueves de la 25ª semana (Lc 9, 7-9)

En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que había aparecido Elías, y otros que había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: a Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas? Y tenía ganas de ver a Jesús.

Que Herodes quiera verle demuestra su categoría

La gente opina de Jesús según las categorías que da la Escritura. Esto incluye a los primeros discípulos, que no tenían otras referencias para explicar su figura.

Esta falta de perspectiva condicionó todo el mensaje, incluso después de la experiencia pascual. Con frecuencia encontramos en los evangelios la frase: “para que se cumplieran las Escrituras” sin venir a cuento.

Ese afán por encuadrarlo en su tradición les impidió descubrir su absoluta novedad. La religión judía estaba tan volcada en el pasado que creía imposible toda novedad en materia religiosa. Todo estaba ya dicho.

Herodes había eliminado a Juan de mala manera y tenía serias dudas sobre lo que podía representar este nuevo personaje del que estaba oyendo maravillas. Esta actitud es una demostración más de que había actuado mal.

Que Herodes se plantee la pregunta sobre la identidad de Jesús no hace más que acentuar la incertidumbre generalizada sobre su figura. Fue discutida por todos los estamentos sociales y ninguno encontró la respuesta.

Todavía hoy, la inmensa mayoría de los cristianos no sabemos a qué atenernos a la hora de definir a Jesús. Son tantos los disparates que hemos volcado sobre su persona, que tardaremos mucho tiempo en aclararnos.

 

 

Fray Marcos

 

 

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