DOMINGO III DE CUARESMA (B)
(Jn 2,13-25)
Jesús encontró en el templo a los vendedores de bueyes ovejas y palomas y a los cambistas. Haciendo un azote de cordeles los echó a todos del templo. Y les dijo: no convirtáis la casa de mi Padre en un mercado. Los judíos le preguntaron: ¿Qué signo nos muestras para obrar así? Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Ellos pensaban en el templo, pero él hablaba de su cuerpo.
El templo convertido en refugio de ladrones
Jesús desarrolló su espiritualidad en torno al templo, pero su experiencia de Dios le llevó a comprender que lo que allí se cocía no estaba de acuerdo con ese Dios.
Es casi seguro que algo parecido a lo que nos narran los cuatro evangelistas sucedió en realidad. Nadie se hubiera atrevido a inventar una historia tan escabrosa.
Hemos oído que lo que realizó Jesús fue una purificación del templo. Esto no tiene fundamento, porque lo que se estaba realizando allí era imprescindible para el culto.
Era imprescindible la venta de animales puros y también la tarea de los cambistas porque lo extranjeros traían su propia moneda, que no se podía depositar en el templo.
La cita de (Zac 14,20) dice que todo en aquel tiempo será sagrado y no se necesitará adquirir ni reses ni monedas. No habrá diferencia entre sagrado y profano.
La alusión a los tres días hace referencia a su muerte y resurrección. La muerte hará de él el santuario definitivo. Ya no tiene sentido un templo donde encontrar a Dios.
Seguimos haciendo diferencia entre lo profano y lo sagrado porque no hemos entendido a Jesús.
Fray Marcos
