Fe Adulta

7 junio

DOMINGO X TIEMPO ORDINARIO (C)

(Lc 7,11-17)

Cuando se acercaba a la ciudad, sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: no llores. Y acercándose al ataúd, lo tocó y dijo: muchacho, a ti te lo digo, ¡levántate! El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios diciendo: un gran Profeta ha surgido entre nosotros, Dios ha visitado a su pueblo.

Jesús se presenta como dador de vida

Sorprende que la resurrección de un muerto se olvide en tres de los cuatro evangelios. Es probable que con este relato se intente poner a Jesús a la altura de los profetas.

La viuda y su hijo muerto simbolizan el pueblo oprimido y castigado por Dios. El único sustento de la viuda era el hijo y Dios la había castigado, arrebatándoselo.

Jesús viene a sacarle de una situación desesperada. Los tiempos mesiánicos restauran la relación con Dios, rota por la idolatría del pueblo que renegó de Él.

La presencia de Jesús hace que el hijo recupere su autonomía y sea él mismo. Se incorpora y comienza a hablar. Se lo entrega a su madre para que la sostenga.

Dios, que había estado alejado del pueblo durante mucho tiempo, restaura su alianza, ahora para siempre. La vida y la muerte se enfrentan y la Vida triunfa siempre.

Es curioso que nadie le pida a Jesús que haga nada por el muerto ni por la viuda. Lo hace movido por la compasión, que es la mejor manera de expresar lo divino.

La salvación de Dios está siempre a nuestro alcance, pero no coincide con la liberación de las limitaciones.

 

Fray Marcos

 

 

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