Lc 18, 9-14
«Os aseguro: éste último bajó a su casa justificado, y el otro no»
Nos encontramos ante la paradoja de un hombre justo, que dedica su vida a ser grato a los ojos de Dios, que se dirige a Dios en actitud de acción de gracias, y que, según el evangelio, no queda justificado… Y la pregunta es… ¿por qué?… Y debe de ser una pregunta difícil de responder pues los especialistas no acaban de ponerse de acuerdo.
Podemos pensar que no quedó justificado porque con su conducta escrupulosa sólo pretendía hacerse “acreedor” a la vida eterna, pero, por una parte, esto no se desprende del texto, y por otra, esa actitud de “ganar el cielo” es algo que los cristianos del siglo XXI desdeñamos, pero que era habitual en la cultura en la que se desenvolvía la vida de aquel fariseo y marcaba su conducta.
Podríamos también suponer que no quedó justificado por su prepotencia; por su falta de humildad al considerarse mejor que los otros hombres, pero si leemos el pasaje con un poco de rigor, veremos que no se está arrogando mérito alguno, sino que le está dando gracias a Dios por lo que ha recibido. También podríamos buscar la respuesta en la última frase del texto de hoy –«el que se ensalce será humillado y quien se humille será ensalzado»–, pero no nos sirve, pues según los especialistas, este epílogo es un simple añadido parenético que además resulta poco apropiado al texto.
Probablemente, para entenderlo sea preciso partir de la parábola de los Talentos. El fariseo había recibido mucho y lo había invertido todo en su propia perfección sin que trascendiese a los demás. Hay una idea muy bonita que conviene tener en cuenta, y es que Dios no puede derramar sus dones en este mundo si no están encarnados, lo que significa que en el mundo no puede haber amor, sino personas que aman y son amadas; no puede haber simpatía, sino personas simpáticas… y así todo lo demás. Si Dios me otorga la capacidad de compadecer, no es para que me la quede, sino para que pueda haber compasión en el mundo.
Cada uno de nosotros ha recibido muchos talentos en forma de inteligencia, compasión, iniciativa, habilidad, simpatía, liderazgo… pero no los hemos recibido para que nos sirvamos de ellos, sino para que den fruto. Y esto debe hacernos reflexionar, y quizá por ello, Ruiz de Galarreta decía: «No me preocupan nada mis pecados; me preocupan mis virtudes»… mis talentos.
Y volvemos a un mensaje recurrente en el evangelio: lo importante son los frutos; «Por sus frutos les conoceréis» … «Ya hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera y no lo encuentro…». De nada les sirvió al sacerdote y al levita que bajaban de Jerusalén a Jericó su condición sagrada y su conocimiento de la Escritura, porque Jesús pone de ejemplo al samaritano que se conmueve ante la desgracia ajena y socorre a la víctima. De nada le sirve al fariseo de la parábola de hoy su fe en Dios, su conocimiento de la Ley y el cumplimiento con largueza de la misma, porque lo que Dios espera de nosotros es otra cosa; es amor, compasión, servicio… frutos.
Miguel Ángel Munárriz Casajús
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