JUEVES SANTO (Jn 13,1-15)
Jesús se levanta de la cena, se quita el manto, se ciñe una toalla y se pone a lavarles los pies, secándolos con la toalla. Pedro: ¿lavarme los pies tú a mí? Lo que hago no lo entiendes ahora. No me lavarás los pies jamás. Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo. Señor, no solo los pies sino las manos y la cabeza. Tomó el manto y les dijo: ¿Comprendéis lo que he hecho? Me llamáis ‘el Señor’ y decís bien, porque lo soy. Si yo os he lavado los pies, vosotros debéis lavaros lo pies unos a otros.
La recomendación de lavarnos está sin estrenar
El amor, manifestado en el servicio, es la esencia del mensaje de Jesús que descubrimos en los evangelios. Si fallamos en eso, nos quedamos sin fundamento alguno. Es un día para la reflexión profunda y sosegada.
No sabemos el sentido que dio Jesús a aquellos gestos y palabras. Pero sabemos que el recuerdo de lo que hizo y dijo se convirtió en el sacramento principal de nuestra fe desde los primeros pasos del cristianismo.
Debemos tomar conciencia de que los sinópticos hablan de los gestos que Jesús hizo con el pan y la copa y ni siquiera mencionan el lavatorio. En cambio Jn nos habla del lavatorio de los pies y no menciona el pan ni el cáliz.
La solemnidad del relato deja clara su intención. “Sabiendo Jesús que había llegado su hora…”, el final: si os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo.
En el gesto de lavar los pies, Jesús está tan presente como en el pan y el vino. Está resumiendo su vida. Un poco más adelante lo deja claro: amaos como yo os he amado. El sacramento de la eucaristía dice lo mismo.
Fray Marcos
